Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.
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jueves, 13 de noviembre de 2014

Podemos (I): Pudieron

Llegaron y se quedaron. Reunieronse en Lavapiés, conspiraron como los militares de la Operación Galaxia tratando los pormenores de un exquisito plan de márketing y se lanzaron a las europeas. Y ganaron. Sí, ganaron. Porque a pesar de tener pocos eurodiputados, robaron votos y amenazaron la hegemonía bipartidista con un hambre revolucionaria voraz.¿Pero quiénes son? ¿De dónde surgieron los podemosistas y cómo llegaron a alzanzar tanta notoriedad y éxito en tan poco tiempo, siendo la política española tan rancia?

A pesar de renegar de los personalismos, estas personas decidieron lanzar una campaña con rostros claros y cristalinos. Déjenme decir que precisamente por renunciar a la transversalidad gregaria del 15-M que les dio forma, esta primitiva fuerza política consiguió bautizarse en sociedad. Y se apuntaron a los europeas. A través de las redes sociales inundaron la sociedad con sus nuevas ideas y planteamientos. Pero el carácter amateur de dicha gestión, que acercó sobre todo Twitter a muchos posibles votantes, unido al hastío clásico de la actual España en cuanto a las hienas que ocupan sus instituciones públicas, lanzó el primer cohete espacial directo al postbipartidismo. La colonización aún no había empezado, pero las rosas de la estación norte y las gaviotas de la estación sur, de espaldas e incapaces de contemplar el estercolero que dejaban a sus espaldas, miraban la astronave acercarse suspirando, arrogantes: «¡Ten por seguro que se estrellará!».

Y cuando Arias Cañete pseudo-ganó las elecciones europeas, Pablo Iglesias se quitó el sombrero y el chal y entró en el plató de televisión. Arropado por su tropa de simpatizantes, habló a varias televisiones la misma noche en que insignificantes números de escaños obtenidos por freaks politólogos -así los despreciaban y desprecian-, pasaron a significar, increíblemente, mucho más que simples números. ¿Era cierto, entonces, que el régimen del 78, así llamado, se estaba desquebrajando y podían tomar partido en las decisiones del porvenir? Aquéllo fue el comienzo de un albor. Pero inmediamente surgió una campaña de desprestigio y pánico por parte de las filas del Partido Popular (principalmente, aunque también la hubo mínimamente por parte del  PSOE).


¿Populista? ¿Filoetarra? ¿Filochavista? Las críticas a Podemos son continuas. Sorprende no tanto la carencia de fundamento de algunas, sino los ríos de tinta que se emplean en advertir de su hipotéticas decisiones. No es insulso indicar que la mejor campaña promocial del partido la ha realizado el Partido Popular, pues ha llenado la prensa de titulares avisando del terror que se avecina por parte de el-de-la-coleta-que-no-puede-ser-nombrado y ha acabado dando validez y poder a una fuerza política que, elecciones europeas aparte, y también, ciertamente, no ha gobernado ningún ayuntamiento o comunidad autónoma. Podemos no ha tocado aún la mesa política con sus dedos suaves de biblioteca universitaria; se tacha a un fantasma en esta táctica, y sin embargo, se le da un cuerpo y un arma a dicho espectro; se le vivifica. Cabe preguntarse si, de no haber habido esa campaña de desprestigio popular, el partido de Iglesias (el nuevo) hubiera alcanzado ese estadio de prólogo de revolución social. ¡Jesús, si parece que ya figura en los libros de historia, -perdonad el vocativo; me refería a Cristo y no al otro-, y que lleva en política siglos cuando es un partido con menos de un año de vida!


Bueno, Guillermo, me sorprende que vayas a votarle. Para nada pienso apoyar a ese sindicato de estudiantes de letras con carteles de Che Guevara y círculos políticos como organización microsocial para cada segmento de población (mileuristas, estudiantes, homeópatas, jubilados, amantes de animales, etc.), con reminiscencias a un mayo del 68 lejano tratcheriano, pero, éso sí, Ipads, literatura posmodernistas y jerga marxista moderna. Pero no dejo de preguntarme por qué debería votar a otros partidos que puedan ofrecerme alternativas, cuando la experiencia demuestra que el tópico de que todos son iguales parece efectivamente verdadero. Y aquí llegamos al quid de lo que quería decir:

Que sin duda esta legislatura me ha demostrado que la desafección es sin duda la postura más posible ante este paraje nauseabundo; todos y cada uno de los partidos, con todos sus órganos, todas sus estructuras y todas sus personas detrás de los logos, son, sin excepción, cómplices, activos o pasivos, por maldad o por, oh, estupidez, de este sistema anquilosado heredado de viejos; que no hay ninguna institución limpia y pura en la que confiar en este país; que, de vivir cívicamente, España sólo vale la pena para rodearse de indiviudos, tragicómicos ya, mientras el subsidio de desempleo se esfuma como el humo de las alcantarillas de Vallecas enfilando entre las colas de gente del INEM; que somos buena gente, gente tonta, pues en otros países ésto habría sido ya un alzamiento robersperiano justo y necesario; que, ¡por supuesto!, ni sindicatos ni empresarios, ni fuerzas políticas nacionales o supranacionales nos son útiles ahora, y en lugar de desfilar uno por uno al Congreso de los Diputados para proteger día-sí-día-tambíen, como deberían, los interes ciudadanos, desfilan hacia la Audiencia Nacional, en un espectáculo esperpéntico sólo superado por la fría tranquilidad e indiferencia de un pueblo que, creo, tiene lo que merece al tutelar la codicia de los bajos hombres que nos gobiernan.
que


Y el catastrofismo me hace ver fantasmas polémicos en el futuro. No veo paz ni mejora en este país. Y a medida que todo vaya a peor, el radicalismo político enfrentará a la viaja guardia con la guardia revolucionaria, todo ello en medio de un cementario laboral, con un paro que no baja; sube.

¿Qué contar, si ya lo vivís?

martes, 8 de julio de 2014

Los tres mosqueteros: una democracia «de los chinos»

Es revolucionario en la España de 2014 que tres candidatos de un partido político debatan intensamente sus ideas en televisión. Es revolucionario pese a lo ordinario del planteamiento una vez se esfuma la ilusión y deviene en realismo pragmático: se han visto en el ámbito de la esfera del PSOE, en un debate cerrado entre ellos sin apenas interpelaciones, con preguntas de sus propios militantes, y de forma muy a lo suyo. Y sin embargo, tenemos una democracia interna en los partidos tan rancia que es llamativo y explosivo, revolucionario. En un país en el que la institución más modernizada y reformada en los últimos tiempos es la monarquía, las anquilosadas y corruptas pirámides de la partidocracia empiezan a cambiar. Tienen -en presente- kilos de maquillaje, y aún han de mejorar, pero están empezando a percibir los aires de cambio que vienen -que no son altruistas y benefactores, sino venenosos y catastróficos, pues se acercan olas de cambio electoral sin compasión ni equidad (PP, PSOE, misma mierda es)-. 

Se acerca a ellos una matanza tarantina encabezada por Pablo Iglesias y los minoritarios, y ahora tienen miedo. Normal. Lo merecen, por cierto.






sábado, 8 de febrero de 2014

Heducación

Licencias soeces aparte, la cosa es que la ecuación es clara: la educación es importante (siempre), pero en democracia es su condición de posibilidad. Pedagogía y política son las dos caras del sistema democrático: si son los ciudadanos quienes gobiernan y gobernarán el Estado, la educación de éstos es la clave del sistema. La educación es el remedio a las diferencias económicas y a las diferencias en general. El supuesto de que todos los hombres son iguales toca aquí su máxima expresión; y es que todos los hombres son iguales, entre otras cosas, pueden aprender por iguales. Tocamos madera. Sentimos un alivio. No es palabrería; es un hecho. Nos dicen que valemos igual, que nuestro voto es contado, que hay igualdad. El hecho es que el profesor es que el primer ciudadanos en darse cuenta en que el chico porreta de quince años, el estudiante chino que balbucea palabras, la adolescente preñada o el homosexual acosado, todos éstos tienen la misma capacidad intelectual. Las diferencias entre ellos son mínimas y en torno a cómo aprenden, pero es indiscutible que todos pueden aprender. 
 
La democracia empieza en la escuela. La democracia empieza en la escuela porque la escuela enseña que la sociedad es diversa, también que todos tienen capacidades intelectuales, y por último, que todos tienen igualdad de oportunidades. No estoy haciendo apología de la educación en valores democráticos (es más, al contrario), sino en constatar que la democracia implica educación y viceversa. Ojo: no hago un juicio moral, sino una observación objetiva. No digo ni creo que la diversidad social sea lo mejor para la sociedad, sino que la diversidad es esencial en la sociedad. No es un deseo, es un hecho (muchos puritanos amantes de sus hijos no entienden esta distinción entre ser y deber ser, entre lo que hay y lo que debería haber).
Ocurre, sin embargo, que no porque la escuela se cordine de manera democrática o enseñe valores democráticos, sino porque ejemplifica las diferentes multiplicidades de la sociedad. La sociedad no es un cúmulo de varones, un cúmulo de mujeres, un cúmulo de morenos y rubios, de gente de matemáticas o de griego clásico... sino el conjunto de ello.

De esto se deriva, primero, que la sociedad es heterogénea, y segundo, que toda educación que quiera evitar la heterogeneidad de sus alumnos perjudica a dichos alumnos (los aleja de la realidad). El juicio moral es claro: vivir juntos es mejor que vivir separados, ergo estudiar juntos es mejor que vivir separados; o mejor, no mezclados. De aquí que la educación que se organiza por sexos es un error. Ocurre, sin embargo, que respetamos la voluntad de los padres que así desean educar a sus hijos. Respetar la voluntad democrática es pues lo que fomenta la educación en democracia (qué es eso, primera pregunta)... Y primer error.

Primera clase de filosofía de primero de Bachillerato. Son las ocho y media de la mañana en un barrio obrero de Madrid capital. Adolescentes hormonados entran en clase. Ignoran mucho y creen saber demasiado. Muchos duermen aún. Empieza la clase: no se trata de una asamblea de estudiantes que preguntan sus dudas arbitrarias al profesor, sino de una autoridad intelectual que da su versión de los hechos y obliga a sus estudiantes a comprenderla, memorizarla y exponerla. En otras palabras: la realidad es que la educación es un proceso antidemocrático en que una autoridad dictatorial fuerza a que cierto contenido sea asimilado. Los chavales no charlan con el profesor, sino que lo copian; aprenden de él. El divorcio entre democracia y educación parece incuestionable.

Si bien un buen profesor se caracteriza por no saber exclusivamente, sino comprender, explicar, simplificar y evaluar, la realidad es simple: la autoridad intelectual supera a la autoridad democrática. El criterio democrático no vale siempre, al igual que la democracia no vale siempre. Al médico no se le juzga ni se cuestionan sus decisiones; él es el docto, el entendido. En cambio, el profesor es menospreciado y juzgado de todas las formas posibles. Además, su campo, la pedagogía, es embestida por la sociedad. Queremos democratizar la educación (cuando jamás ha sido democrática, al igual que la economía, la sanidad o el deporte). ¿Por qué? Porque queremos democratizarlo todo.

Tras la II Guerra Mundial vivimos tiempos de democratización primaveral, una adolescencia política que lejos está de culminar. Con la caída de los fascismos y de la URSS se abraza el conservadurismo, el liberalismo y la socialdemocracia y se impone el pánico a regresar al pasado: todo sistema político deberá ser democrático; las comunidades internacionales los apoyarán, fomentarán, educarán, expandirán... hasta conseguir que las voluntades populares se organicen en ese sistema. Más allá de si éso funcionó (no lo ha hecho, pues grandes regímenes políticos actuales son dictatoriales), sí funcionó para dogmatizar la democracia. La democracia en toda discusión se da por hecho como mejor sistema, al igual que la Tierra no es plana o que dos más dos es cuatro.

Educar no es exponer, sino explicar. El profesor es historiador y filósofo, porque explica por qué suceden las cosas y en qué medida se relacionan unas cosas con otras. A este respecto, el profesor no puede educar en valores, sino explicarlos. No puede hacer memorizar el amor, la dignidad, la tolerancia, sino explicar ética, derecho, historia y geopolítica. Porque el profesor no es un clérigo que da a sus chicos verdades absolutas, sino genealogías. Incluso el profesor de matemáticas debe enseñar la realidad allende sus teoremas. No me refiero ni siquiera a la practicidad de las matemáticas, sino a su comprensión total con otros saberes, como la física, la economía o incluso la literatura: el profesor puede (intentar) hablar de todo a sus alumnos. Es su obligación.

 El profesor puede enseñar moral, pero como filósofo moral: éste no te educa en amor, sino en entener el amor. La diferencia entre un buen profesor y un mal profesor recae en la objetividad didáctica (no exenta de juicios personales), en su interés por el alumno, en su evaluación personal, objetiva, clara y justa y en su, finalmente, interés personal y no meramente académico por el alumno. La parajoja es que no hay interés más importante respecto a un alumno que el interés por sus conocimientos. No hay nadie que haga más favor a un adolescente que un maestro; su entrega jamás será pagada suficientemente. El profesor, aun cobrando, trabaja altruistamente al condenarse en una paternidad perpetua que nadie (excepto el mismo y su alumnos) le agradecerán suficientemente.

Y este batiburrillo mezclado se publica. Echadme a los leones si veis contradicciones.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cataluña: ¡No os vayáis! ¡Os queremos!




Existen varios tipos de nacionalismo. Tenemos, por ejemplo, uno unificador y otro segregador. Al contrario de lo que se piensa, el primero tuvo grandes éxitos. No me refiero a la Unión Europea o Estados Unidos, sino al estado alemán e Italia. Estos países nacieron por la campaña de unificación fructífera que tuvieron en el XIX. Ahora, sin embargo, exceptuando casos aislados como la Europa de Durão Barrosso, todos los nacionalistas desean separarse de un conjunto: creen que viven junto a un colectivo del que pueden desprenderse y fácilmente no-indentificarse, o sea, diferenciarse claramente, oponerse, chocar, digamos. Tenemos el caso de Québec, el de Cataluña, el de Sudán y el tibetano, aunque cada uno es claramente diferente del siguiente.

El nacionalismo del Canadá francés es particularmente lingüístico; frente a unas ex-colonias británicas divididas en la tierra del castor por un lado y la patria del tío Sam por otro, tenemos una comunidad francófona supuestamente desarraigada. Económicamente son la parte del país más desarrollada y desean hacerse un hueco e independizarse. Éste es el ejemplo primero y el más importante. Entremos en Cataluña y comparemos: el resto de casos no son tan importantes (Sudán se separó por motivos religiosos y económicos, mientras el Tibet fue "conquistado" por China). Entremos en la Cataluña moderna, pero no obviemos la Cataluña antigua.

Tenemos un parlamento catalán fuertemente independentista. Ahora bien, hemos de analizarlo pormenorizamente. La fuerza anterior en el gobierno del tripartito, el PSC, no tiene una postura clara. Aunque parece que se oponen a la independencia, tienen ferviente fe en la democracia, en una suerte de religión sobre los mecanismos de la sociedad para autoenmendarse (su ingenuidad no acaba ahi: son los resposables de gran parte del nacionalismo actual en Cataluña por culpa de una política de principios volátiles atendiendo al interés puntual y cortoplacista).  Parece que para los socialistas de esta zona no les es suficiente el parlamento tal y como lo tienen como representación de la intención de voto catalana. Ojo a ésto porque es paradójico: al mismo tiempo que el parlamento así como está es una marca indudable de la voluntad política de Cataluña y podría interpretarse por dichos votos y escaños que el pueblo catalán está harto y quiere el divorcio con España; al mismo tiempo que digo esto, hay que tener en cuenta que lo que la gente de normal, el votante de a pie, vota no representa el cien por cien de los deseos políticos de sus representantes. Es decir, que los votos no son cheques en blanco para los políticos. Es decir, matizando aún más, que no todos los votantes de CiU desean separarse de la Península y flotar en el Mediterráneo. Bien, tenemos dos fuerzas políticas más: Ciutadans y el Partido Popular Català. Junto al PSC, divididen lo bastante el arco parlamentario como para poder decir que no está tan clara la posición independentista; es más, que el Parlamento catalán está bastante separado para una cuestión en la que alegan tener un consenso casi angelical o bíblico.

Ahora bien, ¿qué motivos tienen para separarse? Espanya ens roba. ¡Alegan que les robamos! Que el gobierno central les ignora. Que son víctimas de nuestro madricentrismo y cosmpolitismo castellano. Que no sabemos quiénes son los catalanes. Que no les queremos. Bueno, bueno, el argumento económico es algo. Olvidemos las banderas. Olvidémoslas cuanto antes. Afirman dos cosas: que tanto su historia como su cultura y su idioma son diferentes a los del Estado español y que nuestra administración central les está haciendo un expolio general.

Sobre la historia, la lengua y la cultura catalana no se puede tener posiciones diferentes en España. Los antinacionalistas se agolpan en la derecha cavernarias con argumentos de autoridad y ad hominem sobre la corrupción de la Generalitat. Oponiéndome frontalmente a la separación -¡unámonos en la decadencia de nuestro país y entremos juntos en la peseta!-, creo que los argumentos buenos escasean. Se aduce claramente que la ley es la ley, un Dios divino inmortal e intachable e incuestionable -excepto cuando Merkel lo desea-, cuando ésto es ridículo. Pues bien, sobre la cultura catalana diferente no se puede alegar fácilmente. Los juicios sociológicos o filológicos sólo pueden decirnos que lo propio de Cataluña es español en la medida de un marco jurídico y político existente antes de empezar a investigar; o sea, el catalán y el cine catalán es español en la medida en que se exporta, en la medida en que se filma en castellano o en catalán, en la medida en que las costumbres distan del conjunto de España -como si las costumbres de Santander y Grana fueran parecidas-. Y yo digo: ¿y qué? El único argumento eficaz para la separación de un país no es nada de eso, sino la voluntad colectiva y libre de separse (y aún así, ridícula como la riña entre un adolescente y su padre que promete dejar la casa en cuanto tenga mayoría de edad). O sea, si Sevilla desea ser un Estado independiente el único argumento válido para justicarlo es que desea serlo. Es una estupidez, pero es que esta falacia histórica y lingüística lleva a remolinos de discusiones que retrotraen la discusión a antes de la Guerra Civil, ¡y a antes de la República, a los tiempos del Reino de Aragón! Separarse es separarse. Es una justificación en sí misma. Ahora bien, en los tiempos modernos tiene poca utilidad ser menos y no ser más.


Sobre el expolio económico considero que no es verdad. La gran mayoría de las competencias del gobierno de Cataluña son suyas y sólo tuyas. Gozan de un autogobierno regalado por la Constitución y por las sucesivas delegaciones de competencias de los gobiernos (véase Aznar) de la democracia, que lo único que les separa de ser un Estado independiente es el título de Estado y el reconocimiento internacional (que no es moco de pavo). Sanidad, educación, justicia y policía son del President Mas y de nadie más. Es cierto que los impuestos los retransmite Madrid una vez recaudados, pero la diferencia entre lo obtenido y lo que la capital da a Barcelona no es ni por asomo la que tiene la Comunidad de Madrid. O sea, que esa diferencia abismal, esa dictadura fiscal, es falsa o sustancialmente ridícula. Los catalanes llevan años gobernándose a sí mismo.

Respecto a esto último: la independencia es para los catalanes lo que al resto de españoles les parece el pan y el fútbol: es opio sinuoso y nebuloso que hace que olvidemos los grandes problemas nacionales, estos son, el paro, la corrupción, la insolvencia estatal y la decandecia de la sanidad y la educación. A este respecto, esa imbecilidad de besar una Senyera al tiempo que toda tu familia está en el paro equivale a aplaudir el sueldo de Cristiano Ronaldo mientras vives con tu madre a los cuarenta años porque tu título de Ingiernería vale más bien poco. Y eso se hace en Lérida (Lleida), en Badajoz, en Valencia y en Vallecas. No nos damos cuenta de todo lo (malo) que tenemos en común.

Para acabar, la periodista del TVE Ana Bosh dijo una vez que para evitar que los canadienses de Québec dejaran el país se llegó a decir por parte de la población canadiense, no recuerdo si en carteles o en anuncios, "Os queremos", "¡No os vayáis". ¿Hará falta decirlo? En una democracia pseudofederal como la española tal vez sea necesario que los de Madrid viajen un poco a la tierra de Mas para abrazar  a sus compatriotas y beber su cultura. Suena excesivamante dulce, pero necesitan mimos. Un abrazo democrático. Y una reforma fiscal. Que los catalanes son muchas cosas, pero tontos no son, y cuando tenemos un régimen favorable en Navarra y País Vasco nos quedamos sin justificación para dotar a los catalanes de otro para ellos. ¿Acaso tenemo ojitos derechos?

miércoles, 13 de febrero de 2013

Voces de la crisis (I)

He aquí un especial sobre la crisis desde varias perpectivas, con varias personas relacionas con diferentes partidos políticos que opinan sobre la situación. Aquí tenemos al primero (ante todo, muchas gracias por redactarlo).




El contexto mundial de crisis el que tiene especial incidencia en el estado español como uno de los lugares más azotados por las medidas de austeridad y recortes así como el alto nivel de paro es desde hace tiempo motivo habitual de conversación. A nadie se le escapa el papel que están jugando los grandes capitalistas, en especial la piedra angular de este sistema que es el capital bancario, recortando y degradando las condiciones logradas por la clase trabajadora durante muchos años. Personalmente me inclino a pensar que a los trabajadores de este país nadie nos ha regalado nada, las valerosas luchas desde la mal llamada “Transición” han hecho que se consigan una serie de luchas sociales que ahora peligran. Sería fácil, cuadrarían las cuentas si a los grandes directivos de empresas se les recortase sus multimillonarios salarios, si la “contabilidad B” a cambio de valiosas adjudicaciones como hemos visto en la época de boom en la costa levantina y en la Costa del Sol se hubieran empleado en mejores fines, sin embargo el problema es más profundo.

Detrás de un político corrupto hay un empresario que se beneficia, detrás de cada ejecución hipotecaria hay un capital bancario sedicioso. El problema no es la “maldad innata” ni nada que se le parezca, no son “errores humanos” es un problema estructural, sistémico y con un nombre muy concreto: capitalismo.

El gobierno de la derecha como principal valedor de seguir haciendo pagar la crisis a los trabajadores y el nefasto resultado de la socialdemocracia que como se vio con Zapatero o el actual gobierno de la Junta de Andalucía no sirve para parar los ataques. Esta crisis es una crisis clásica, de sobreproducción; sobran viviendas, alimentos, de todo. El problema es que sobra de todo y está en muy pocas manos. Los datos sobre acumulación de la riqueza son realmente escalofriantes: el 1% de la población mundial controla el 35% de la riqueza mundial. Esta riqueza, producida por los trabajadores, está en manos de unos cuántos especuladores, y mientras estén en posesión de las palancas de la economía nada cambiará sólo puede haber lavados de cara. La única manera de lograr una “democracia real” pasa por la dimisión en bloque del gobierno del Partido Popular y la nacionalización del sector bancario y las principales palancas de la economía, en especial las empresas públicas privatizadas (Telefónica, Repsol, Renfe…) así terminaremos con el chantaje de los “mercados” (los “mercados” tienen nombre y se llaman capitalistas: Amancio Ortega, Joan Rossel, Emilio Botín) o nos enfrentaremos a la más cruda realidad de recortes, pobreza, desempleo y desahucios por mucho tiempo.

Como decía una famosa revolucionaria germana llamada Rosa Luxemburgo “Socialismo o barbarie”

Jorge Pacheco. Afiliado al Sindicato de Estudiantes, simpatizante de IU.

http://www.diagonalperiodico.net/La-globalizacion-de-los-mega-ricos.html

http://www.eleconomista.es/interstitial/volver/ing_19jul2012/banca-finanzas/noticias/4158182/08/12/La-banca-acumula-pisos-en-el-primer-semestre-por-otros-3100-millones-.html

sábado, 19 de noviembre de 2011

Jornada de reflexión

No quiero insistir en política en la víspera electoral; más bien, lo que deseo es criticar lo que es la Jornada de Reflexión en sí.


Para mí una fecha como ésta me resulta burguesa por lo que implica: que las familias y los ciudadanos se reúnan a discutir qué voto van a dar. Como si, en primer lugar, fueran familias y no ciudadanos, como si no tuvieran ocupaciones y, lo más importante: como si no se quisiera escuchar a los políticos veinticuatro horas antes de que sean abiertos los colegios electorales. Pero no olvidemos que la segunda preocupación de los españoles es la clase política. Es obvio que aborrecen los mítines y la campaña electoral, pero sobre todo es sabido que durante todo el año, no únicamente ahora, los españoles desisten de tener políticos que cumplan sus expectativas. Luego, ¿por qué pretenden protegernos de unas últimas horas contagiosas, de dudas, de anuncios políticos, en definitiva, de política?

El Estado actual dice continuamente qué hay que hacer, cuándo hay que empezar la campaña electoral, cuántos avales tienes que encontrar para presentar una candidatura al Congreso, la indispensabilidad y obligatoriedad de la Monarquía... y la ilegalidad de reuniones políticas y manifestaciones antes de unas elecciones. Si se pensó esta fecha para poder calmar los ánimos de una sociedad con furiosa con los gobernantes, se consiguió con esta medida obligar al pueblo a apagarse con agua fría ante fechas señaladas, olvidar las circunstancias extraordinarias del domingo y volver momentáneamente a la rutina. Incluso se consigue más abstención.

Por ejemplo, en las elecciones autonómicas y municipales, el movimiento 15-M se tornó ilegal, y con una orden judicial que impedía su presencia en Sol, hizo desacato u oídos sordos y gritó con más fuerza en el corazón de la capital mientras las campanadas de la medianoche hacían ver a sus manifestantes la idiotez de una norma como la prohibición de actor públicos políticos en la Jornada de Reflexión. El Gobierno Socialista se vio obligado a mirar a otro lado, a incumplir un mandato judicial para no provocar una Toma de la Bastilla.

Así pues, esta fecha es inútil, es de una democracia primitiva y cosmopolita, casi aristocrática, que descansa los sábados sin trabajar como si eso fuera el espejo de nuestra sociedad. Su prohibición es por tanto ridícula. ¿Y entonces por qué sigue existiendo esa norma? Es como la Ley Electoral: el interés es la fuerza más grande del universo, y dentro del hombre. O también son presas de ese miedo irracional al reformismo, como lo atado en la Transición fuera inviolable. En cualquier caso, censuran. Y no es de extrañar: la prohibición es la medida rápida de los gobiernos sin criterio. Y de los que tienen miedo.

España debe estar siempre en campaña electoral, los trescientos sesenta y cinco días del año. De lo contrario, democracia es votar cada cuatro años. Es salir de casa una vez por legislatura. Es no participar activamente de los aciertos errores de los políticos. Democracia no es sólo el veinte de noviembre; democracia es todo el año.
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