Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.

lunes, 8 de julio de 2013

Braun

Querido Braun:

hace casi un año desde que te fuiste. Cada día te echo de menos, y es algo que ambos sabíamos que pasaría. No añoro tus paseos, ni rellenarte la comida -aunque sí en cierta manera-, pero sí tu presencia en el sillón, tu alegría al volver de la universidad y verme y nuestros juegos con la pelota -que nunca aprendiste a devolver como un buen perro-. Echo de menos cuando los fines de semanas abrías mi puerta y me despertabas a base de lametones, arañándome la cama o subiéndote. Echo de menos también cuando toda la familia veía una película y tú te tirabas un pedo obligándonos a cambiar de habitación en estampida.

No fuiste un perro perfecto, pero ¿quién lo es? Eras muy nervioso, casi neurótico en la calle, no violento pero sí tenso con otros perros, y en cuanto a trucos, te sentabas, dabas la pata y venías. Poco más. Pero ¿para qué está un perro? No puedo recriminarte nada si tampoco he sido un dueño perfecto: te he sacado tarde, poco y mal, y a veces me he enfadado contigo cuando no lo merecías. Pero tú por ejemplo eras cariñoso -incluso demasiado-, muy tranquilo en el hogar, amigable con las personas y con algunos canes -qué le vamos a hacer, eras algo gallito-. Jugar a la pelota contigo era divertido, aunque nunca entendiste del todo el juego, ni que tenías que traérmela de vuelta -siempre me tocaba abrirte la boca entre gruñidos para seguir jugando-.

También me metías en líos. Recuerdo cuando orinaste en la esquina de una calle y una señora nos gritó como locos, o cuando te rajaste la planta de la pata y vino la policía a casa siguiendo un rastro de sangre desde el parque creyendo que nos habíamos apuñalado. También recuerdo cuando te largabas. Literalmente. Salías corriendo por un sonido, olor o sensación y no dejabas que nada se interpusiera. Si era un gato, una perra en celo, otro perro, un conejo o una moto no importa. Y cómo corrías. Aunque eras muy veloz, los perros más pequeños y con menos pelo te ganan, y los conejos. ¿Recuerdas los conejos? Casi nunca conseguías uno, pero en una ocasión trajiste uno y me lo ofreciste a los pies como un regalo. Era algo macabro, pero me gustó el detalle, aunque si hubieras matado al conejo del todo y no me lo hubieras dejado agonizando habría sido algo más bonito.


Me dio mucha pena que acabaras así, de la noche a la mañana, dejando de comer. Si eras algo era un perro vital, que comía y dormía como un dragón. Por eso, que dejaras de comer, perdieras kilos y te volvieras sumamente pasivo nos alarmó, pero también fue un espectáculo siniestro de lo que estaba por venir. Yo me fui de viaje a Lisboa mientras te recuperabas de la operación que te había quitado el tumor del estómago, y tuve un mal presentimiento cuando pensaba en ti. Al volver me dijo mi madre que no seguirías adelante, que lamentablemente no había nada que hacer. Esa impotencia fue muy dolorosa. Pasé unos días pésimos, y lo sabes. Además verte con puntos y aquel casco triangular cubriéndote la cara mientras te alegrabas de mi vuelta... ¿qué quieres que diga? Me apenó muchísimo. Y aquella mañana en que mi padre te llevó al veterinario para no volver fue muy corta. Derperté un día normal -tarde por ser verano. Eso lo lamenté a posteriori, aunque ignoro por qué. ¿Qué cabía hacer?- y tú no estabas. Qué jornada más larga. Qué casa más fría y silenciosa. Por la noche fuimos al cine todos juntos para pensar en otras cosas, pero aunque no hablásemos, aunque no dijéramos nada e incluso fingiéramos estar interesados en los actores, el trailer y otras gilipolleces, a la vuelta, en el coche, de noche, tras ver los Vengadores, todos lloramos en la autovía. Lo recuerdo como si fuera ayer. Para mí es ayer. Y hoy.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Los animales

¿Merece la pena defender los derechos de los animales? ¿Vale la noción de derecho para una criatura que no es humana? ¿Se puede defender de igual forma un animal doméstico que uno salvaje? ¿Son legítimas las corridas de toros en las que se sacrifica al animal?

Parece repugnarnos el ensañamiendo de algunas personas con los animales, y parece despertar en nosotros nociones extrañas. Obviamente consideramos grotesto ese tipo de conducta, pero hay que preguntarse si el porqué es meramente estético -o sea, no nos importa el sufrimiento de esos animales, sino verlo-, o si de verdad tenemos voluntad política de defender mediante leyes a un colectivo que precisamente no forma parte de la sociedad: y es que promover la defensa de montes o ríos no es lo mismo que defender mediante leyes a animales. Los animales se reproducen, se mueven, cazan, matan y son matados; o sea, son activos; mientras que los accidentes geográficos están ahí. De alguna forma, defender al lobo ibérico es responsabilizarse de las pérdidas de los ganaderos gallegos que ven cómo sus ovejas sufren ataques de estas criaturas, pero tambiés es responsabilizarse de su extinción, o sea, de la inacción o de la mala actuación nuestra que deriva en la extinción de un raza.

Pero la noción de ser no humano es importante: defendemos paradógicamente esos seres, siempre teniendo en cuenta que los hombres, las personas, están por encima de los otros seres en dignidad -ética, o sea, derechos, obligaciones, etc...-. Y sin embargo, los defendemos. Parece que vemos en ellos una versión nuestra. No son sólo los perros y gatos. También nos vemos reflejados en los orangutanes, en los delfines y en los leones. ¿La razón? La sensibilidad de ellos es también nuestra. A veces olvidamos que aunque científicos, poetas y burócratas, las personas también gustan de correr, comer, descansar y copular. Los animales sienten esos placeres y esos dolores, y tal vez -me parece recordar que así lo dice Peter Singer- ésa es la razón de la apología del derecho animal: sienten los animales como nosotros; por tanto, no le demos dolor. Pero la cuestión no es aquélla. No se trata sino de no provocarles dolor innecesario: parece utópico, siguiendo la máxima de la sensibilidad compartida, proponer la abolición de nuestra alimentación carnívora: no somos así, pero sí podemos evitar los males innecesarios, la crueldad, en fin, que disfruta sin razón alguna.

Pero incluso justificada, la matanza de animales nos horroriza. Incluso poseyendo un fin, vemos sangre y la muerte horrible de reses en mataderos y pensamos en la barbaridad que está haciendo el hombre, evocando tiempos peores, y asociando la violencia y la truculencia al mal absoluto. ¿Relativizable? Hay quien dice que matar es matar, sin paliativos. Intoxicar a un animal, cortarle el cuello o sencillamente ahogarlo son formas que conducen a lo mismo: a la muerte del mismo. Y eso es así y no cambiará. Frente a esta crueldad -arguyendo las penosas condiciones de vida que sobrellevan- los vegetarianos ganan peso.

En cualquier caso, sea necesaria o no la carnicería -puede dudarse de su una dieta no carnívora satisfaga energéticamente lo mismo que una carnívora- el daño gratuito es lo que hay que evitar. ¿Pero por qué? No hay razones para evitarlo si tenemos en cuenta estrictamente hablando que no son personas, pero es que el hombre puede elegir, y no es arbitrario en sus acciones -pegar a un perro o acariciarlo es igualmente legítimo, y sin embargo es reprobable la violencia gratuita, no así la autodefensa-.

Para acabar, como ápice de intelectualismo petulante, quiero recordar a Gandhi, que decía que una sociedad se mide por cómo trata a sus animales. Yo diría más bien bien que una sociedad se mide moralmente por cómo los trata cuando no hay imperiosa necesidad de elegir entre ellos y nosotros. Por tanto, deberían elevarse las penas para todo delito infantil de autosatisfacción gore respecto a los animales: si somos civilizados, defendamos lo que nos hace civilizados.

sábado, 20 de abril de 2013

El dilema que no puede ser nombrado

Hablar del aborto es terreno vedado. Parece que no puedes emitir juicios sin ser encasillado en sus dicotómicas posiciones enfrentadas. Hubo un tuitero que resumió la polémico argumentando que los que defienden la vida del feto se centran en él en la discusión, mientras que las personas que defienden el derecho a decidir lo hacen en la perspectiva femenina. Esto lleva a un círculo sin fin. Es y no es así.
Cualquiera puede hablar de aborto y sexualidad, pero dar consejos de prácticas sexuales o explicarla en sí misma es irónico viviendo de aquéllos que juran castidad durante sus votos.

En primero lugar condeno toda ilegalización y endemonización de la mujer que aborta: admito sin embargo que la mujer sin remilgos que lo hace es fría e insensible, pero no prohíbo su actuación, en primer lugar porque es estúpida dicha censura propia de tiempos medievales en los que el sujeto no es nada sino un remilgo subordinado a la teología de turno. En segundo lugar, porque actúa a la fuerza, y en nada se consigue así.

El aborto es una tragedia se entienda como se entienda, pero no es tan simple como aparenta. Hay que analizar exactamente en qué consiste, en un sentido lógico-biológico y ontológico, ser un feto, y cómo misteriosamente de ser una cosa inerte -un óvulo, por un lado, y esperma, por otro- pasa a ser algo vivo. También hay que ver cómo legislar en este aspecto respetando, por un lado el habeas corpus o intachabilidad del cuerpo ajeno -cada uno en su cuerpo puede hacer lo que quiera- y por otro el derecho a la vida del no-nacido.


¿Por qué es una tragedia? Hágase lo que se haga, toda actuación a este respecto es cruel: si se mantiene la mujer con el niño, indirecta -o directamente- a la fuerza, durante el embarazo, puede llegar a odiarlo, a maldecirlo, a culpar al nacido de sus propios errores. Si lo da en adopción, tendrá un vacío grandísimo la mujer que pierda al hijo de sus entrañas. Y si aborta, el sentimiento de culpa y la hipótesis de una felicidad que ya nunca tendrá la atormentarán durante más o menos tiempo -aquí podemos emitir juicios de valor sobre cómo se debe sentir una mujer en este momento, pero no como mujer, sino como persona. Esto es importante: los hombres deben discutir sobre este tema. No basta con simplificar. Hay que respetar la voluntad femenina, pero no como femenina, sino como ciudadana. El género masculino debe también opinar.-

Ahora bien, ¿el feto cuándo aparece? Es ciertamente mágico que sea humano de repente, sin tener las caracterísitas humanas -sociabilidad, independencia, racionalidad- o biológicas -nutrición, relación, reproducción-. Respecto a esto último hay varias opciones: o bien el feto es una personas ipso facto, o bien no lo es hasta tener cierto tiempo -en unas semanas adquiere el alma, según San Agustín-, o bien no es propiamente una persona hasta que se separa de la madre.


-Si es una persona ipso facto, significa que ha pasado de ser una célula no viva (¿o sí lo está?) como son los óvulos y los espermatozoides a formar algo que está vivo (se argumenta que tiene el material genético humano). Aparte de las cuestiones metefísicas (del no-ser no puede nacer el ser), que pueden concluir en que todo está vivo (incluyendo los gametos, pero también las piedras y el agua), o sea, un panteísmo, debe pensarse si realmente pasa a estar vivo: su existencia depende todavía de la madre en un grado altísimo. Es parte de ella tanto como sus pulmones y sus brazos; no es algo independiente. Afirma que es algo, así, en general, diferente de ella, es como indicar que una neurona no es parte de un todo, o que una gota de mar es separable del oceáno.

-El segundo supuesto es que el feto empieza a ser una persona pasado un tiempo. Hay dos vertientes: una neuronal y otra teológica. La primera, psicológica, afirma que el ser humano lo es siendo sensitivo, cerebral, volitivo, libre para comer; a este respecto no es más que una célula o zigoto hasta que empieza a desarrollar la sensibilidad, o sea, hast que en cierto momento desarrolla sensibilidad (de aquí viene tanta literatura sobre qué tipo de música es mejor para una embarazada). El problema es que decir que entonces es persona consiste en admitir que las personas, por ejemplo, con taras físicas incapaces de mover partes de su cuerpo son menos personas (falso, luego no es lo que hace que esté vivo). Por otro lado, el ámbito teológico (que argumenta contra el aborto empleando, paradójicamente, el método científico que tanto reniegan) , por lo menos en otras épocas, afirmaba que el feto no-nato no estaba vivo hasta no haber recibido el alma (que puede interpretarse como aparato nervioso). Y Platón no creía que hubiera alma antes del parto (a contrastar).

-Por otro, en sentido biológico el bebé está vivo cuando es bebé y no es parte de la madre. Hasta que no se corta el cordón umbilican la alimentación la recibe de forma autótrofa de su madre, no por sí mismo. Hasta que no nace, no se relaciona activamente con el exterior, no alcanza cosas.De hecho, si muere la madre, muere el feto: son parte del mismo sistema. Con lo cual, toda legislación debe ser para la madre, no porque la madre sea más importante que el hijo, sino porque lo incluye.

En cuanto a la legislación, no soy abogado. Sin embargo, es anacrónico  tachar de criminal a una mujer que libremente actúa con su cuerpo (además de sospechosamente machista, pues tal como dicen las feministas, una mujer no lo es porque tener hijos, sino que sigue siéndolo aun rechazando la natalidad, punto de vital desacuerdo con el catolicismo). Contemplo el aborto como una tragedia, algo siempre negativo, pero no prohibitivo. Las únicas salidas son el no-aborto: la entrega en adopción o la política activa gubernamental que fomente la natalidad y los anticonceptivos. ¿Incompatibles? Si la gente pudiera tener y no tener descendencia cuando quisiera, la tendría siempre. Más allá de los accidentes sexuales involuntarios, la gente adulta contempla como una acto de autorealización la construcción familiar (familia, a todo esto, no en sentido estricto conservador; incluyo la familia homosexual). La vida es tediosa sin hijos: la población jamás renegaría de la natalidad si tuviera acceso gratuito o fomentado a los métodos anticonceptivos, y si la educación obligatoria incluyese cursos de educación sexual prácticos, orientados a la higiene y la seguridad, no estrictamente el placer (eso es tarea de los sexólogos). Por otro lado, la ética cristiana, que crea la triada sexo-reproducción-matrimonio, en ningún momento favorece las relaciones sexuales maritales con pretensión reproductora: son escasos los kamasutras escritos por gente que aborrece el sexo premarital, y no sería absurdo que se abandonase ese prejuicio puritano.


Finalmente, a las personas que acusan de frialdad a los que intentan hablar racionalmente de este tema, me gustaría decirles que dificultan el hablar pacífico y sensanto: éste es un tema para todos -hombres y mujeres por igual, pues no se puede ser feminista y reivindicar derechos exclusivos de la mujer-, y los argumentos pueden valer de cualquier tipo de rama, menos de la religiosa. Eso no quita para hablar con religiosos, mientras sepan separar de su discurso lo que piensas por sí mismos y lo que les han dicho o han bebido de los Textos Sagrados.


domingo, 14 de abril de 2013

Un socialista, un periquito y un chándal

Hugo Chávez ha muerto dejando un legado histórico de retórica revolucionaria impecable: Venezuela y Latinoamérica se han visto convertidos en hegemonías del centro-izquierda y ocupan un lugar en el mapa tras el tándem Cuba-Venezuela. Ahora con la muerte del comandante, se abre la vía para un chavismo sin Chávez. Ojalá no fuera ni chavismo.



El populismo siempre es perjudicial para un país, sea de izquierdas o de derechas, y negar que el gobierno de ese hombre fue tal, sería traicionar a la verdad. Con sus expropiaciones, sus subidas de impuestos, su indiferencia para con la inflación y la violencia, además de con su reducción de la pobreza y aumento de la escolarización pasa a la historia como un dilema, como una duda, como un héroe o un traidor. Yo insisto: con sus más de diez años de gobierno no quiero insinuar que no hiciera nada bien; lo que afirmo sin embargo es que los venezolanos le han dado demasiadas oportunidades al protagonista de 'Alo presidente', tras sucesivas legislaturas en las que se ha tornado un cacique, un déspota y un arrogante amante del control y el poder. No dudo de sus intenciones benechoras -que tampoco defiendo-, pero sí de su papel como estadista, largoplacista, funcionario de la maquinaria social de una nación -o Patria, como gusta decir, con un pastoso vocativo que recuerda a los discursos del XIX con pasión por la cuna de nuestro pueblo-.

No pudo tomar el poder el jefe, pero tampoco se recuperó de su enfermedad. Incluso con un pie en la tumba se atrevía a soltar disparates: alentó a creer que su enfermedad podía ser causa de unos fantasmagóricos EE. UU. , y dejó los cabos atados para que uno de sus seguidores escogido a dedo heredera el timón de lo que llaman "Revolución bolivariana". Ahora que está muerto, sigue siendo mágica su figura: se cree que es un santo, un Simón Bolívar nacido en el siglo de la Guerra Fría, algo místico y trancendental que supera a la mediocridad de naciones. Cuan Mesías, se supone que se presentó al candidato Maduro en forma de ave pequeña domesticada, dándole permiso para sustituirle en la maquinaria socialista. ¡Qué ingenuos los venezolanos que esperaban una resurreción apoteósica del líder!

Ahora Venezuela, esa curiosa nación morena de grandes pechos que son el petróleo y el poderoso estado vigilante, luce vestimentas y gorras con la bandera de su patria. Curioso nacionalismo el de ese país chiquito, que se honra en haber sido en su momento uno de los primeros en independizarse del malvado Imperio de los españoles. Con chándal y a grito pelado, los dirigente de los principales partidos de Venezuela luchan por hacer suya la lujosa bandera, sus colores latinos de amanecer de una clase media atormentada por una violencia importante, pero la patria del difunto Chávez está más dividida que nunca. ¿El motivo? Apostaría a la falta de miras de Estado del propio Chávez, que centralizó toda la carga institucional de la democracia en su partido y dejó obsoleta a la oposición. A veces lo comparo con Lula -alejado de la política, aún más humilde que Chávez, ahora acuciado por demandas de corrupción- y veo lo que uno fue y el otro no pudo ser. Y me alegro.

lunes, 25 de marzo de 2013

Mis hijos son mi propiedad


Sonará extraño, mas considero que en las sociedades actuales la pedagogía y la moral new age están dando baza a una teoría paternalista en la cual los hijos no son sino extensiones de los padres o posesiones suyas. Nunca se tiene en cuenta lo que desea un menos de edad; siempre se supedita a la voluntad de sus padres. Se le imprime al chaval una moral católica/republicana, en primer lugar simplificando el aparato ideológico posible, en segundo lugar, encerrando al muchacho en apenas tres o cuatro conceptos; y finalmente, ideologizando sin más al joven. Ocurre sin embargo que cuando es un profesor el que manipula, el que siembra y riega una idea política polémica, está inmiscuyéndose donde no debe, casi violando un derecho inalienable de los que gozan de ese derecho que es la paternidad.

Los conservadores, empezando por los aguirristas madrileños, creen que la mejor educación para un hijo consiste en acudir al centro de educación que los padres deseen, sin importar la lejanía, el contenido o algo todavía más importante: la voluntad del alumno. Deseamos tener jóvenes maduros, cultos, cívicos y perfectos, pero les impedimos el acceso a la información, el ocio barato y de calidad, o el libre albedrío para escoger su propia escuela. Los infantes son propiedades más de sus padres, extensiones de sus brazos, labradores que sacan por la calle, vacunan y por lo que llegan a matar para poder escoger ellos y no el animal el árbol donde orinar.

Esto es propio del conservadurismo de este país, que considera a los jóvenes individuos vacíos a los que hay que llenar de ideología -religiosa, para hallar sentido a la tragedia de la vida; económica, para poder desenvolverse con soltura en esta sociedad mudable; y social, para aprender a acercarse a un tipo de persona y no cambiar de esfera-. ¿Y la izquierda no hace lo mismo? La educaciónd de valores de los progresistas es tan vomitiva como la otra: inculca la tolerancia, la democracia y el respeto como universales platónicos a digerir junto a los cereales dietéticos y la leche desnatada. Los valores no se aplican mediante el estudio teórico, sino mediante la práctica. Asimismo, la discusión sobre los valores es estúpida: no vale decir un sector de la sociedad -el reaccionario católico- tiene ciertos valores cristianos diferentes de los valores de la izquierda de la ceja: éstos son universales y sujetos a discusión racional, nunca política (estrictamente). El amor y el cuidado de los pobres son máximas de la izquierda y la derecha desde la perspectiva de la lucha de clases y el sacrificio de Cristo.

Educación para la Ciudadanía, quiero decir, fue positiva para la sociedad. Los jóvenes deben saber de las guerras, de la divisón de poderes, de la recesión económica, de las razas de la Tierra -que no son tal, sino accidentes de una especie, la humana, pluriforme-, mas también de ciencias empresariales, aborto, eutanasia, homosexualidad, sexualidad en general... Los temas polémicos en sí son interesantísmos y vitales para los hijos; deben saber que existen y a partir de ahí enjuiciarlos: tal vez viendo varios enfoques y varios dilemas morales, sociales y políticos juntos, en el mismo temario, a pesar de su posible confrontación ideológica, logren superar a sus padre y tener en vista otras cuestiones más importantes (aquí Hegel vendría de perillas para ejemplificar una superación integrando su tesis y su antítesis). Ojalá sea así. Sigo creyendo que Ciu (Ciudadanía, abreviado) fue una buena apuesta, pero también una apuesta pueril y patética en un sistema educativo, el español, condenado al fracaso por ser arma arrojadiza de los sucesivos gobernos y un símbolo de la inoperancia de la casta política. ¿Para cuándo un pacto de Estado?
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