Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.

jueves, 31 de octubre de 2013

Un lugar en el mundo


Una de las mejores películas que existen. Argentina, cómo no.







viernes, 18 de octubre de 2013

El Quinto Poder



Fui a verla sin saber mucho más de la película aparte de que trataba de Julian Assange y su relación con Wikileaks y confieso que tampoco sé sobre el asunto mucho más que lo básico, pero por otra parte, quizá sea este estado -sin demasiadas expectativas, sin prejuicios- el más adecuado para ir al cine.

¿Es imparcial? ¿Es fiel a la realidad?
La pregunta es inevitable cuando sabes que su argumento gira en hechos reales, tan recientes, y sobretodo, después de ver el film: la misión personal que emprende el creador de Wikileaks es mantener informados imparcialmente a los ciudadanos, ¿será también igualmente objetiva El Quinto Poder?
No es un documental, es una película. El punto de vista es el de Berg, principal socio de Assange, y esto se hace especialmente ostentoso en el metraje final; sin embargo, no intenta ocultarse, lo que es de agradecer.

La historia a grandes rasgos, ya la conocemos la mayoría. Empieza con la relación de Julian Assange y Daniel Berg y el crecimiento de Wikileaks hasta tener presencia mundial; poco a poco se plantea la cuestión ¿se debe publicar la información íntegra a los ciudadanos a cualquier precio?
 Tiene cierto aire a thriller y a biografía, y aunque es entretenida, le sobran minutos. Su mayor defecto quizá sea que no es excelente, se queda en un relato tibio y el espectador sale con la sensación de que le falta y le sobra algo. A destacar: la interpretación de Benedict Cumberbatch como Assange y de Daniel Bruhl como Berg.


domingo, 13 de octubre de 2013

Gravity

Decente, entretenida, no abusiva, un poco corta. El director parecía temer cagarla y fue escueto en demasía en aspectos clave de los personajes. Buenos efectos especiales. Buena música. Actores más que decentes (Sandra Bullock ha cambiado tras esta película y "The Blind Side"; ahora es una buena actriz). Clooney genial, aunque muy superficial su papel. En definitiva, mi única crítica es que podría haber tenido quince minutos más y un final más desarrollado para ser perfecta.




miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cataluña: ¡No os vayáis! ¡Os queremos!




Existen varios tipos de nacionalismo. Tenemos, por ejemplo, uno unificador y otro segregador. Al contrario de lo que se piensa, el primero tuvo grandes éxitos. No me refiero a la Unión Europea o Estados Unidos, sino al estado alemán e Italia. Estos países nacieron por la campaña de unificación fructífera que tuvieron en el XIX. Ahora, sin embargo, exceptuando casos aislados como la Europa de Durão Barrosso, todos los nacionalistas desean separarse de un conjunto: creen que viven junto a un colectivo del que pueden desprenderse y fácilmente no-indentificarse, o sea, diferenciarse claramente, oponerse, chocar, digamos. Tenemos el caso de Québec, el de Cataluña, el de Sudán y el tibetano, aunque cada uno es claramente diferente del siguiente.

El nacionalismo del Canadá francés es particularmente lingüístico; frente a unas ex-colonias británicas divididas en la tierra del castor por un lado y la patria del tío Sam por otro, tenemos una comunidad francófona supuestamente desarraigada. Económicamente son la parte del país más desarrollada y desean hacerse un hueco e independizarse. Éste es el ejemplo primero y el más importante. Entremos en Cataluña y comparemos: el resto de casos no son tan importantes (Sudán se separó por motivos religiosos y económicos, mientras el Tibet fue "conquistado" por China). Entremos en la Cataluña moderna, pero no obviemos la Cataluña antigua.

Tenemos un parlamento catalán fuertemente independentista. Ahora bien, hemos de analizarlo pormenorizamente. La fuerza anterior en el gobierno del tripartito, el PSC, no tiene una postura clara. Aunque parece que se oponen a la independencia, tienen ferviente fe en la democracia, en una suerte de religión sobre los mecanismos de la sociedad para autoenmendarse (su ingenuidad no acaba ahi: son los resposables de gran parte del nacionalismo actual en Cataluña por culpa de una política de principios volátiles atendiendo al interés puntual y cortoplacista).  Parece que para los socialistas de esta zona no les es suficiente el parlamento tal y como lo tienen como representación de la intención de voto catalana. Ojo a ésto porque es paradójico: al mismo tiempo que el parlamento así como está es una marca indudable de la voluntad política de Cataluña y podría interpretarse por dichos votos y escaños que el pueblo catalán está harto y quiere el divorcio con España; al mismo tiempo que digo esto, hay que tener en cuenta que lo que la gente de normal, el votante de a pie, vota no representa el cien por cien de los deseos políticos de sus representantes. Es decir, que los votos no son cheques en blanco para los políticos. Es decir, matizando aún más, que no todos los votantes de CiU desean separarse de la Península y flotar en el Mediterráneo. Bien, tenemos dos fuerzas políticas más: Ciutadans y el Partido Popular Català. Junto al PSC, divididen lo bastante el arco parlamentario como para poder decir que no está tan clara la posición independentista; es más, que el Parlamento catalán está bastante separado para una cuestión en la que alegan tener un consenso casi angelical o bíblico.

Ahora bien, ¿qué motivos tienen para separarse? Espanya ens roba. ¡Alegan que les robamos! Que el gobierno central les ignora. Que son víctimas de nuestro madricentrismo y cosmpolitismo castellano. Que no sabemos quiénes son los catalanes. Que no les queremos. Bueno, bueno, el argumento económico es algo. Olvidemos las banderas. Olvidémoslas cuanto antes. Afirman dos cosas: que tanto su historia como su cultura y su idioma son diferentes a los del Estado español y que nuestra administración central les está haciendo un expolio general.

Sobre la historia, la lengua y la cultura catalana no se puede tener posiciones diferentes en España. Los antinacionalistas se agolpan en la derecha cavernarias con argumentos de autoridad y ad hominem sobre la corrupción de la Generalitat. Oponiéndome frontalmente a la separación -¡unámonos en la decadencia de nuestro país y entremos juntos en la peseta!-, creo que los argumentos buenos escasean. Se aduce claramente que la ley es la ley, un Dios divino inmortal e intachable e incuestionable -excepto cuando Merkel lo desea-, cuando ésto es ridículo. Pues bien, sobre la cultura catalana diferente no se puede alegar fácilmente. Los juicios sociológicos o filológicos sólo pueden decirnos que lo propio de Cataluña es español en la medida de un marco jurídico y político existente antes de empezar a investigar; o sea, el catalán y el cine catalán es español en la medida en que se exporta, en la medida en que se filma en castellano o en catalán, en la medida en que las costumbres distan del conjunto de España -como si las costumbres de Santander y Grana fueran parecidas-. Y yo digo: ¿y qué? El único argumento eficaz para la separación de un país no es nada de eso, sino la voluntad colectiva y libre de separse (y aún así, ridícula como la riña entre un adolescente y su padre que promete dejar la casa en cuanto tenga mayoría de edad). O sea, si Sevilla desea ser un Estado independiente el único argumento válido para justicarlo es que desea serlo. Es una estupidez, pero es que esta falacia histórica y lingüística lleva a remolinos de discusiones que retrotraen la discusión a antes de la Guerra Civil, ¡y a antes de la República, a los tiempos del Reino de Aragón! Separarse es separarse. Es una justificación en sí misma. Ahora bien, en los tiempos modernos tiene poca utilidad ser menos y no ser más.


Sobre el expolio económico considero que no es verdad. La gran mayoría de las competencias del gobierno de Cataluña son suyas y sólo tuyas. Gozan de un autogobierno regalado por la Constitución y por las sucesivas delegaciones de competencias de los gobiernos (véase Aznar) de la democracia, que lo único que les separa de ser un Estado independiente es el título de Estado y el reconocimiento internacional (que no es moco de pavo). Sanidad, educación, justicia y policía son del President Mas y de nadie más. Es cierto que los impuestos los retransmite Madrid una vez recaudados, pero la diferencia entre lo obtenido y lo que la capital da a Barcelona no es ni por asomo la que tiene la Comunidad de Madrid. O sea, que esa diferencia abismal, esa dictadura fiscal, es falsa o sustancialmente ridícula. Los catalanes llevan años gobernándose a sí mismo.

Respecto a esto último: la independencia es para los catalanes lo que al resto de españoles les parece el pan y el fútbol: es opio sinuoso y nebuloso que hace que olvidemos los grandes problemas nacionales, estos son, el paro, la corrupción, la insolvencia estatal y la decandecia de la sanidad y la educación. A este respecto, esa imbecilidad de besar una Senyera al tiempo que toda tu familia está en el paro equivale a aplaudir el sueldo de Cristiano Ronaldo mientras vives con tu madre a los cuarenta años porque tu título de Ingiernería vale más bien poco. Y eso se hace en Lérida (Lleida), en Badajoz, en Valencia y en Vallecas. No nos damos cuenta de todo lo (malo) que tenemos en común.

Para acabar, la periodista del TVE Ana Bosh dijo una vez que para evitar que los canadienses de Québec dejaran el país se llegó a decir por parte de la población canadiense, no recuerdo si en carteles o en anuncios, "Os queremos", "¡No os vayáis". ¿Hará falta decirlo? En una democracia pseudofederal como la española tal vez sea necesario que los de Madrid viajen un poco a la tierra de Mas para abrazar  a sus compatriotas y beber su cultura. Suena excesivamante dulce, pero necesitan mimos. Un abrazo democrático. Y una reforma fiscal. Que los catalanes son muchas cosas, pero tontos no son, y cuando tenemos un régimen favorable en Navarra y País Vasco nos quedamos sin justificación para dotar a los catalanes de otro para ellos. ¿Acaso tenemo ojitos derechos?

domingo, 25 de agosto de 2013

Londres

Antes de empezar tengo que decir algo: odio a los cursis que con fotos retocadas de la capital británica afirman ser naturales de esa urbe, como si lo "sintieran", eso, una suerte de identificación patriótica, más bien estética, con esa la que fue prostíbulo de Enrique VIII.


A lo que iba: he hecho un viaje de un mes a esa ciudad y he tenido que volver antes de lo previsto por motivos económicos. En esta ocasion no ha sido culpa mía, y tampoco puedo echar la bronca a nadie, pues quienes me lo financiaron -mis padres- no tenían más remedio. Me ha servido para darme cuenta de la mierda de inglés que sé y para ver otros veranos menos calurosos que el hispano. Frente al infierno tórrido peninsular, he visto un verano vasco elevado a tres, con anticiclones tan usuales como autobuses rojos.

Londres está constituido por un cincuenta por ciento de extranjeros: negros, indios, pakistaníes, herederos del imperio británico supuestamente beneficiados de la Commonwealth. Imaginárselo  a día de hoy como una nido de pijos arios es ciertamente irreal. Sin embargo, es obvio que étnicamente los británicos profundos son diferentes de los latinos. Pero más que en lo físico -que también-, tienen diferencias culturas abismales, y otras cosas no tan extañas.Empezando por el modo de hablar, debo decir que ningún británico me habló mal en ningún momento. Seas extranjero o de cualquier otro lugar siempre eres bien recibido y tratado por estos en las calles cuando tienes alguna duda. Su modo de contestar educadamente o políticamente, a veces frío, pero siempre cordial y atento, alegra mucho al turista que tiene miedo de perderse -¡cómo para no, con ese monstruo de mapa de metro que tienen!-. Eso lo pongo en puntos en común porque los españoles tenemos fama de ser cordiales y buenos con todos los que nos visitan. También hay que decir que hay mucho hispanohablante, por no decir directamente español: de los hablantes de la lengua de Cervantes, nosotros somos los únicos que tenemos nacionalidad europea, luego es normal que seamos más en este país. Sin embargo, para qué mentir: Londres está plagada de españoles licenciados y jóvenes que huyen de la masacre intelectual, educativa y científica, que sufrimos. Por no hablar del desempleo, claro está...
Ahora las diferencias: los días en Londres son cortos como suspiros. A las seis todo empieza a cerrar, y a las siete los negocios están limpiándose pero con las puertas más que cerradas. Ir por una calle un lunes a las nueve equivale a salir en España a las cuatro de la mañana entre semana. La ausencia se palpa. Ni punto de comparación. Respecto al contacto físico hay que decir que los herederos del Imperio Romano somos habituales de darnos la mano y besarnos, tradición que en Londres no es tan habitual, y menos con londinenses extranjeros -jamás deis dos besos a una chica eslovena, pues puede odiarte de por vida-. La cultura anglosajona gusta mucho del trabajo, pues para ellos es la base de la vida: para la mayoría de los británicos un trabajo termina unas horas antes de la tarde que en España, por ejemplo. La razón de esta diferencia es que la sustancial mayoría viaja a la capital en transporte público y necesita llegar a casa a una hora sana -las nueve, por ejemplo-. De todas formas, no es solo eso: en Reino Unido la cultura general impone a los trabajadores la obligación moral de la eficiencia. Si no trabajas bien, no eres un buen ciudadano (y ciudadano y trabajador son las dos caras de la misma moneda). Basta mencionar la curiosidad de los aposentados: cualquiera que no trabaje, que cobre el desempleo, que sea un vago o un maleante en jerga franquista, tiene que avisarlo cuando opte por un trabajo. ¡Tienen mucha mala fama!


Una vez unos españoles que conocía en un Burger King me dijeron que lo bueno de esta ciudad es que puede ofrecerte lo que tú le des: es cierto. Pero también dijeron que si no te cuidas, la ciudad puede comerte. Es demasiado frenética, demasiado activa. En cualquier caso, no quería hacer de esta entrada una crónica de mi viaje. Más bien quería criticar a esos individuos que simplifican lugares tan plurales como son esta ciudad: ni es tan mala como las peores imágenes cubanas, rusas o norcoreanas del neoliberalismo ni es tan buena como los fotogramas de Instagram edulcarados y vomitivos de adolescentes cursis.


lunes, 8 de julio de 2013

Braun

Querido Braun:

hace casi un año desde que te fuiste. Cada día te echo de menos, y es algo que ambos sabíamos que pasaría. No añoro tus paseos, ni rellenarte la comida -aunque sí en cierta manera-, pero sí tu presencia en el sillón, tu alegría al volver de la universidad y verme y nuestros juegos con la pelota -que nunca aprendiste a devolver como un buen perro-. Echo de menos cuando los fines de semanas abrías mi puerta y me despertabas a base de lametones, arañándome la cama o subiéndote. Echo de menos también cuando toda la familia veía una película y tú te tirabas un pedo obligándonos a cambiar de habitación en estampida.

No fuiste un perro perfecto, pero ¿quién lo es? Eras muy nervioso, casi neurótico en la calle, no violento pero sí tenso con otros perros, y en cuanto a trucos, te sentabas, dabas la pata y venías. Poco más. Pero ¿para qué está un perro? No puedo recriminarte nada si tampoco he sido un dueño perfecto: te he sacado tarde, poco y mal, y a veces me he enfadado contigo cuando no lo merecías. Pero tú por ejemplo eras cariñoso -incluso demasiado-, muy tranquilo en el hogar, amigable con las personas y con algunos canes -qué le vamos a hacer, eras algo gallito-. Jugar a la pelota contigo era divertido, aunque nunca entendiste del todo el juego, ni que tenías que traérmela de vuelta -siempre me tocaba abrirte la boca entre gruñidos para seguir jugando-.

También me metías en líos. Recuerdo cuando orinaste en la esquina de una calle y una señora nos gritó como locos, o cuando te rajaste la planta de la pata y vino la policía a casa siguiendo un rastro de sangre desde el parque creyendo que nos habíamos apuñalado. También recuerdo cuando te largabas. Literalmente. Salías corriendo por un sonido, olor o sensación y no dejabas que nada se interpusiera. Si era un gato, una perra en celo, otro perro, un conejo o una moto no importa. Y cómo corrías. Aunque eras muy veloz, los perros más pequeños y con menos pelo te ganan, y los conejos. ¿Recuerdas los conejos? Casi nunca conseguías uno, pero en una ocasión trajiste uno y me lo ofreciste a los pies como un regalo. Era algo macabro, pero me gustó el detalle, aunque si hubieras matado al conejo del todo y no me lo hubieras dejado agonizando habría sido algo más bonito.


Me dio mucha pena que acabaras así, de la noche a la mañana, dejando de comer. Si eras algo era un perro vital, que comía y dormía como un dragón. Por eso, que dejaras de comer, perdieras kilos y te volvieras sumamente pasivo nos alarmó, pero también fue un espectáculo siniestro de lo que estaba por venir. Yo me fui de viaje a Lisboa mientras te recuperabas de la operación que te había quitado el tumor del estómago, y tuve un mal presentimiento cuando pensaba en ti. Al volver me dijo mi madre que no seguirías adelante, que lamentablemente no había nada que hacer. Esa impotencia fue muy dolorosa. Pasé unos días pésimos, y lo sabes. Además verte con puntos y aquel casco triangular cubriéndote la cara mientras te alegrabas de mi vuelta... ¿qué quieres que diga? Me apenó muchísimo. Y aquella mañana en que mi padre te llevó al veterinario para no volver fue muy corta. Derperté un día normal -tarde por ser verano. Eso lo lamenté a posteriori, aunque ignoro por qué. ¿Qué cabía hacer?- y tú no estabas. Qué jornada más larga. Qué casa más fría y silenciosa. Por la noche fuimos al cine todos juntos para pensar en otras cosas, pero aunque no hablásemos, aunque no dijéramos nada e incluso fingiéramos estar interesados en los actores, el trailer y otras gilipolleces, a la vuelta, en el coche, de noche, tras ver los Vengadores, todos lloramos en la autovía. Lo recuerdo como si fuera ayer. Para mí es ayer. Y hoy.
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