Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.

lunes, 21 de abril de 2014

El hombre que no se sentó

Con la muerte de Adolfo Suárez se cierra (en apariencia) el episodio de la Transición española. Con su ida fantasmas olvidados retornan al imaginario colectivo español, tales como la altura moral, la cosecha de consenso o la humildad superlativa atribuida a grandes hombres. Quien crea que los españoles es un pueblo pasivo se equivoca; tenemos la maldición (o el don), eso sí, de ver las virtudes de nuestros gobernantes a posteriori. Sólo el cauce del tiempo nos regala una visión generosa con los nuestros, una visión justa. En el caso de Suárez, fue ahora cuando vimos cuán grande fue. ¿Es peor, quizá, esa maldición nuestra que nos impide mejorar a nuestros animales políticos hasta admirarlos, o ese olvido de las bondades del presente que nos esconde a lo mejor de lo mejor?




Ortega decía que el problema de las sociedades modernas era que gobernaban masas en lugar de grandes hombres, y que, de darse éstos, los odiábamos en lugar de admirarlos. Punto y final.

martes, 25 de marzo de 2014

Ender


La ciencia-ficción echa para atrás. Es la hija fea de una literatura monotemática como la oficial actual. Ningún escritor de fantasía o ciencia-ficción es nominado al Nobel; a lo sumo, un escritor de realismo mágico o de realismo ingenuo y poético (semejante a lo primero). Sucede que había oído buenas críticas de Orson Scott Card de la mismísima Laura Gallego y de otros conocidos, y como tuve una buena experiencia con Canción de hielo y fuego (antes de la serie, malpensados), le di una oportunidad a El Juego de Ender y a su continuación, La voz de los muertos.

El primero tiene una película; el segundo, por fortuna, no. Es una obrita no muy largo, profunda, tanto por forma como por contenido, en cuanto a qué dice y cómo lo dice, ligera, rápida, plagada de diálogos y escenas cortas pero intensas. En un futuro incierto la humanidad se enfrenta a la venganza de una especie alienígena con la que combatimos antaño y que ha regresado. El ejército con el que se combate lo encabezan niños superdotados. El protagonista sufrirá un entrenamiento en dicho ejército para convertirse en un miembro importante de dicha armada. Lo original del planteamiento es la creación ex nihilo de un universo nuevo, con importantes normas no ya tecnológicas, sino políticas. El universo de Card es un retablo de geopolítica elevada al cuadrado, con dosis de ética y teoría de juegos, además de teología. Los infantes, además, no son niñitos: son soldados con sus tribulaciones, sin renunciar a su niñez. Pero tampoco se renuncia a los adultos, ni a los familiares lejanos del protagonista: la combinación de tantas personalidades y de unos enemigos misteriosos y sumamente interesantes como son la raza insectora a la que se enfrentan crean una trama sutil, compleja y metafórica de juegos de poleas de espías y material bélico a cascoporro. Por añadir, diría que lo mejor del libro no es el propio Ender (que también es interesante), sino sus hermanos, ese triángulo freudiano de bien blanco, mal negro y humanidad gris intermedia que es la joya de la corona.


Pero su segunda parte no envidia nada a El juego de Ender. La voz de la muertos renuncia a las naves espaciales y a la guerra para especular sobre antropología, religión y relaciones humanas. Un auténtico melodrama se abre en este libro, pero melodrama para bien. A éso le sumamos una nueva raza alienígena y un nuevo Ender, mutado en un hombre nuevo, y tenemos una segunda parte increíble, que mejora en cada capítulo hasta un final anticlimático, pero justo, equánime, de calidad. 


Orson Scott Card, mormón estadounidense extremista, tiene en su haber premios de ciencia-ficción (tantos, que le salen por las orejas). Su saga tiene muchas partes, y hasta subsagas, pero las dos primeras son mayúsculas.

jueves, 6 de marzo de 2014

Testosterona y geopolítica

Por si alguien no lo sabe, tras salirse del poder el presidente de Ucrania, Putin ha optado por la ofensiva y ha invandido la península de Crimea, perteneciente a dicho país, bajo el pretexto de proteger a la minoría rusófona. Este hecho es lo más violento -en todos los sentidos- que ha vivido Europa desde la Segunda Guerra Mundial y los Balcanes. ¿Quién lo ha orquestado? Un personaje: Putin. Un estilo. Una cara. Una masculinidad única. Él es Rusia y -desgracidamente- Rusia es él.

Tengo la teoría de que la calidad democrática de un país se mide por la importancia social que tienen sus políticos. Si la nación puede desarrollarse sin esos líderes -una vez jubilados, retirados o muertos-, significa que es libre -palabra prostituída-, que tiene individuos libros y sabe autocontrolarse y gobernarse. Básicamente es una teoría liberal, lo cual me asusta y me hace quedarme en una esquina de mi habitación planteándome si tengo un prototipo de Alien negro bebé con la cara de Tratcher en mi interior. Pero es verdad: cuando la nación se descontrola cuando falta alguien -ay, Chávez-, entonces se ve la calidad del pueblo, de su madurez, inteligencia e independecia (bueno, de sus gentes particulares y de los gobernantes que han tenido).

Pero vayamos a esa figura superlativa. Apoyo de la izquierda radical -qué casualidad, como los soviéticos-, este KGB habría sido torero y del PP de haber nacido en España. En Rusia tienen un machismo rancio heredado de la época de los zares que aún les aleja de Occidente. Pues Putin es así, fuerte, bruto, sensible con los cachorritos, coqueteador cuando ve jovencitas de Femen reclamando derechos, impasible con activistas Pussy Riot -excepto cuando conviene decretar indultos (¡ay los indultos, cuánto daño han hecho y harán sacando al niño inocente de su cuarto castigado con esa sensación de autocomplaciencia y compasión!)-, ruina de los homosexuales -con leyes de otros siglos-, y campeón geopolítico.

Vladimir Putin es el amo y señor de las conferencias internacionales. Si Gadaffi orinaba en las plantas de los hoteles donde iban delante de todos, éste seguramente coge a alguna azafata del cátering y le da cachetes en el culo. Por donda pasa, arrasa. Hasta abrigó tiernamente a Merkel en un gesto magnánimo pasando a los anales de la historia como stalinista acaricizador -se podría hacer un libro sobre la publicidad de dureza y sensibilidad que tienen esos tíos-.

Obama tiene carisma, pero es demócrata, en el sentido electoral. Aunque tiene su sonrisita de negro carismático de Chicago que nada oculta y es tu amigo, las formas mandan -y los designios electorales más-; Obama se resigna; agacha la cabeza como el can  que es obligado por la correa del amo, pero el Doverman soviético va suelto y su amo es un cabeza-rapada indiferente a los mordiscos que va a dar el desgradiado can a otros animales.


Putin tiene un triunvirato con Dmitri Medvédev, él mismo y su testosterona. Ni se inmuta en disimular el aborto de democracia que hay en Rusia. Se turna el poder de primer ministro y presidente como aquí los cargos públicos con la puerta giratoria: de la empresa pública a la privada, sólo que aquí pasan de lo público a lo público ahorrándonos oposición, elección limpias y libertad.

Bueno, pero planta cara al imperio yanqui, diréis algunos. ¿A precio de qué? Parece que estamos en un piso y nuestro compañera es una chica bastante fea que además nos agobia con la limpieza. Enfrente vive un libertino de esos de dejar la música hasta las horas inmorales. Nuestra cabecita dice que lo mejor sería cambiarnos y vivir la vida sin preocuparnos de tirar el calzoncillo al cesto de la ropa sucia o al cajón de los tenedores. Pero ocurre que con la fea puedes hablar. Tiene sus manías, sí. Nos tira sus zapatos a veces, también. Tiene nefastos conocimientos de geografía, también. Canta canciones de Lana del Rey a grito pelado, puede. Pero, ¿te regala algo por tu cumple? ¿Te defiende cuando vienen gitanos a robarte en el portal del edificio? ¿Se lleva bien con tu novia, la UE? ¿Entonces qué más quieres?

Me quedo antes con el que tiene una cárcel en Guantánamo que con el que tiene miles y no lo reconoce. Y que protege a monstruos. Y encarcela gais por serlo. Y da cachetes en el culo.

sábado, 8 de febrero de 2014

Heducación

Licencias soeces aparte, la cosa es que la ecuación es clara: la educación es importante (siempre), pero en democracia es su condición de posibilidad. Pedagogía y política son las dos caras del sistema democrático: si son los ciudadanos quienes gobiernan y gobernarán el Estado, la educación de éstos es la clave del sistema. La educación es el remedio a las diferencias económicas y a las diferencias en general. El supuesto de que todos los hombres son iguales toca aquí su máxima expresión; y es que todos los hombres son iguales, entre otras cosas, pueden aprender por iguales. Tocamos madera. Sentimos un alivio. No es palabrería; es un hecho. Nos dicen que valemos igual, que nuestro voto es contado, que hay igualdad. El hecho es que el profesor es que el primer ciudadanos en darse cuenta en que el chico porreta de quince años, el estudiante chino que balbucea palabras, la adolescente preñada o el homosexual acosado, todos éstos tienen la misma capacidad intelectual. Las diferencias entre ellos son mínimas y en torno a cómo aprenden, pero es indiscutible que todos pueden aprender. 
 
La democracia empieza en la escuela. La democracia empieza en la escuela porque la escuela enseña que la sociedad es diversa, también que todos tienen capacidades intelectuales, y por último, que todos tienen igualdad de oportunidades. No estoy haciendo apología de la educación en valores democráticos (es más, al contrario), sino en constatar que la democracia implica educación y viceversa. Ojo: no hago un juicio moral, sino una observación objetiva. No digo ni creo que la diversidad social sea lo mejor para la sociedad, sino que la diversidad es esencial en la sociedad. No es un deseo, es un hecho (muchos puritanos amantes de sus hijos no entienden esta distinción entre ser y deber ser, entre lo que hay y lo que debería haber).
Ocurre, sin embargo, que no porque la escuela se cordine de manera democrática o enseñe valores democráticos, sino porque ejemplifica las diferentes multiplicidades de la sociedad. La sociedad no es un cúmulo de varones, un cúmulo de mujeres, un cúmulo de morenos y rubios, de gente de matemáticas o de griego clásico... sino el conjunto de ello.

De esto se deriva, primero, que la sociedad es heterogénea, y segundo, que toda educación que quiera evitar la heterogeneidad de sus alumnos perjudica a dichos alumnos (los aleja de la realidad). El juicio moral es claro: vivir juntos es mejor que vivir separados, ergo estudiar juntos es mejor que vivir separados; o mejor, no mezclados. De aquí que la educación que se organiza por sexos es un error. Ocurre, sin embargo, que respetamos la voluntad de los padres que así desean educar a sus hijos. Respetar la voluntad democrática es pues lo que fomenta la educación en democracia (qué es eso, primera pregunta)... Y primer error.

Primera clase de filosofía de primero de Bachillerato. Son las ocho y media de la mañana en un barrio obrero de Madrid capital. Adolescentes hormonados entran en clase. Ignoran mucho y creen saber demasiado. Muchos duermen aún. Empieza la clase: no se trata de una asamblea de estudiantes que preguntan sus dudas arbitrarias al profesor, sino de una autoridad intelectual que da su versión de los hechos y obliga a sus estudiantes a comprenderla, memorizarla y exponerla. En otras palabras: la realidad es que la educación es un proceso antidemocrático en que una autoridad dictatorial fuerza a que cierto contenido sea asimilado. Los chavales no charlan con el profesor, sino que lo copian; aprenden de él. El divorcio entre democracia y educación parece incuestionable.

Si bien un buen profesor se caracteriza por no saber exclusivamente, sino comprender, explicar, simplificar y evaluar, la realidad es simple: la autoridad intelectual supera a la autoridad democrática. El criterio democrático no vale siempre, al igual que la democracia no vale siempre. Al médico no se le juzga ni se cuestionan sus decisiones; él es el docto, el entendido. En cambio, el profesor es menospreciado y juzgado de todas las formas posibles. Además, su campo, la pedagogía, es embestida por la sociedad. Queremos democratizar la educación (cuando jamás ha sido democrática, al igual que la economía, la sanidad o el deporte). ¿Por qué? Porque queremos democratizarlo todo.

Tras la II Guerra Mundial vivimos tiempos de democratización primaveral, una adolescencia política que lejos está de culminar. Con la caída de los fascismos y de la URSS se abraza el conservadurismo, el liberalismo y la socialdemocracia y se impone el pánico a regresar al pasado: todo sistema político deberá ser democrático; las comunidades internacionales los apoyarán, fomentarán, educarán, expandirán... hasta conseguir que las voluntades populares se organicen en ese sistema. Más allá de si éso funcionó (no lo ha hecho, pues grandes regímenes políticos actuales son dictatoriales), sí funcionó para dogmatizar la democracia. La democracia en toda discusión se da por hecho como mejor sistema, al igual que la Tierra no es plana o que dos más dos es cuatro.

Educar no es exponer, sino explicar. El profesor es historiador y filósofo, porque explica por qué suceden las cosas y en qué medida se relacionan unas cosas con otras. A este respecto, el profesor no puede educar en valores, sino explicarlos. No puede hacer memorizar el amor, la dignidad, la tolerancia, sino explicar ética, derecho, historia y geopolítica. Porque el profesor no es un clérigo que da a sus chicos verdades absolutas, sino genealogías. Incluso el profesor de matemáticas debe enseñar la realidad allende sus teoremas. No me refiero ni siquiera a la practicidad de las matemáticas, sino a su comprensión total con otros saberes, como la física, la economía o incluso la literatura: el profesor puede (intentar) hablar de todo a sus alumnos. Es su obligación.

 El profesor puede enseñar moral, pero como filósofo moral: éste no te educa en amor, sino en entener el amor. La diferencia entre un buen profesor y un mal profesor recae en la objetividad didáctica (no exenta de juicios personales), en su interés por el alumno, en su evaluación personal, objetiva, clara y justa y en su, finalmente, interés personal y no meramente académico por el alumno. La parajoja es que no hay interés más importante respecto a un alumno que el interés por sus conocimientos. No hay nadie que haga más favor a un adolescente que un maestro; su entrega jamás será pagada suficientemente. El profesor, aun cobrando, trabaja altruistamente al condenarse en una paternidad perpetua que nadie (excepto el mismo y su alumnos) le agradecerán suficientemente.

Y este batiburrillo mezclado se publica. Echadme a los leones si veis contradicciones.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Cosas raras hoy en día

-No tener opinión sobre algo.
-Estudiar filosofía y no ser prepotente o ignorante.
-Estudiar más allá de lo que te pide el sistema.
-Tener una buena relación con alguien que debería atraerte estrictamente sexualmente.
-La asexualidad.
-El político con poder que lo deja todo por motivos personales íntimos (por tristeza, por ejemplo).
-El cine sin violencia.
-La novela sin pretensiones intelectuales.
-La persona que cambia de carácter súbitamente tras treinta años manifestandose siempre igual.
-El hombre romántico.
-La mujer que expresa su sexualidad libremente sin ser tachada con algún apelativo.
-Los niños inocente e inteligentes.
-La empatía anónima.
-El acercamiento social intenso en el transporte urbano.
-El matrimonio joven sin embarazos no deseados ni tragedias en ciernes.
-Listas razonadas.
-Filosofías políticas renovadas, nuevas, frescas.
-Gente que hable de ética conociendo de primera mano de qué hablan.
-Gente que confiese de buenas a primeras sus miedos y preocupaciones liberándose de tensiones.
-La soltería estandarizada y procurada.
-Las disculpas públicas avergonzadas.
-La autoinculpación en causas de corrupción.
-Las crisis existenciales severas, explicadas, que derivan en suicidio individual o colectivo.
-Las revoluciones radicales que den la vuelta al poder político de facto en dictaduras sin degenerar en otras dictaduras.
-La posmodernidad optimista.
-La lectura de clásicos de forma voluntaria.
-Los profesores filántropos que pagan los estudios a sus alumnos.
-La prostitución voluntaria.
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