Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.

martes, 8 de julio de 2014

Los tres mosqueteros: una democracia «de los chinos»

Es revolucionario en la España de 2014 que tres candidatos de un partido político debatan intensamente sus ideas en televisión. Es revolucionario pese a lo ordinario del planteamiento una vez se esfuma la ilusión y deviene en realismo pragmático: se han visto en el ámbito de la esfera del PSOE, en un debate cerrado entre ellos sin apenas interpelaciones, con preguntas de sus propios militantes, y de forma muy a lo suyo. Y sin embargo, tenemos una democracia interna en los partidos tan rancia que es llamativo y explosivo, revolucionario. En un país en el que la institución más modernizada y reformada en los últimos tiempos es la monarquía, las anquilosadas y corruptas pirámides de la partidocracia empiezan a cambiar. Tienen -en presente- kilos de maquillaje, y aún han de mejorar, pero están empezando a percibir los aires de cambio que vienen -que no son altruistas y benefactores, sino venenosos y catastróficos, pues se acercan olas de cambio electoral sin compasión ni equidad (PP, PSOE, misma mierda es)-. 

Se acerca a ellos una matanza tarantina encabezada por Pablo Iglesias y los minoritarios, y ahora tienen miedo. Normal. Lo merecen, por cierto.






martes, 3 de junio de 2014

La traición de Rosa Díez

Zasca. Ocurrió. Juan Carlos abdicó. En una cortina de humo poselectoral mandó a Rajoy dar el anuncio con el tono de voz anodino. Y se hizo oficial: El Rey renuncia al trono. Por primera vez, alguien renuncia. Dimite. Suena la palabra extraña, aún más cuando no se esperaba y no tenía motivos aparentes para hacerlo. 

Nuestro país es especial. Es para gente que tiene mucho morro, se llama estadista y no lo es. Juan Carlos lo hizo con la mejor intención, pero ve que es inútil ahora y nos deja. No es que fuera un Rey perfecto, pero comparado con la inmesa mayoría de nuestros políticos y sus nefastas tareas y corruptelas, tuvimos al mejor políticos -y único- vitalicio al servicio de todos. Para un republicano jamás será suficiente, sin embargo. Y con razón.

Punto y aparte, piden unos. Coma, sin más, piden otros. Felipe se frota las manos ante la inminente prisa burocrática de la cámara legislativa. La corona está caliente. Le llegará pronto. Mas ¿y la voluntad popular? ¿qué fue de la democracia directa? ¿Queremos monarquía? ¿Hay certeza?

En España las leyes se hacen rápido y mal, siempre mirando a una campaña electoral y raramente mirando en lo extenso del futuro. La monarquía ha sido un parche ante nuestra incontrolable tentencia a matarnos unos a otros por cada régimen político entrante. Por cuarenta años de tranquilidad que hemos tenido se ha dejado para el final, de forma torpe y adolescente, la cuestión de la sucesión. 

El Partido Socialista intenta remarcarse como de izquierdas, pero sus bases republicanas aúllan en la tumba del viejo Pablo Iglesias cuando Rubalcaba da la bienvenida a Felipe VI. No es cuestión de ser de izquierdas o derechas, monárquico o republicano, sino de ser coherentes. Somos demócratas y no dejamos votar. Somos independentistas catalanes y queremos república española. Los partidos en su ignorada o deliberada incoherencia se están suicidando.
El pasotismo de este país tiene su máximo punto en las bases de los partidos. Los portavoces de los mismos atribuyen a toda velocidad la voluntad de su militancia a su voz, y defienden la continuidad del hijo del Juan Carlos I como si no se pudiera, debiera o soñara con poder preguntar a la militancia y la ciudadanía por algo tan trivial, y tan importante, como el tipo de Estado que queremos. La democracia de este país es partidocracia; ya antes se elegían candidatos a dedos y no por primarias, y ahora se eligen reyes por parlamentos caducos temblorosos de miedo por un futurible parlamento lleno de rojos republicanos.

Y en medio del huracán de la llamada Segunda Transición, Rosa Díez y UPyD alega que la forma del estado es menos importante que la sustancia del problema: tener buena monarquía o buena república es más importante que tener república o monarquía. Sabias palabras que visto a mal sirven para no mojarse. Participarán en el debate, de haberse, siempre que no sea en caliente y sea profundo. Pero, ¿y la decisión? ¿Dónde dejó Díez de ser progresista para ser constitucionalista? Decepciona ver que todos son expertos en abogacía, sabedores de los entresijos de los códigos penales y constitucionales. Adoran las leyes con pleitesía y son incapaces de ver allende el ámbito legal. La ética para ellos es la Luna. Y vivimos en el Averno de normas y más normas. Estabilidad ante todo. Que nada cambie. Todo debe ser igual para que no cunda el caos.

¿Y cuando se fragmenten los partidos mayoritarios qué harán? ¿Y cuándo las manifestaciones ensordezcan la coronación a quién escucharán? ¿A qué esperan para reaccionar estos señores?

martes, 6 de mayo de 2014

Niebla

-Sí, señor mío, yo soy anarquista, anarquista místico, pero en teoría, entiéndase bien, en teoría. No tema usted, amigo –y al decir esto le puso amablemente la mano sobre la rodilla–, no echo bombas. Mi anarquismo es puramente espiritual. Porque yo, amigo mío, tengo ideas propias sobre casi todas las cosas...
–Y usted, ¿no es anarquista también? –preguntó Augusto a la tía, por decir algo.
–¿Yo? Eso es un disparate, eso de que no mande nadie. Si no manda nadie, ¿quién va a obedecer? ¿No comprende usted que eso es imposible?
–Hombres de poca fe, que llamáis imposible... ––empezó don Fermín.
Y la tía, interrumpiéndole:
–Pues bien, mi señor don Augusto, pacto cerrado. Usted me parece un excelente sujeto, bien educado, de buena familia, con una renta más que regular... Nada, nada, desde hoy es usted mi candidato.
–Tanto honor, señora...
–Sí; hay que hacer entrar en razón a esta mozuela. Ella no es mala, sabe usted, pero caprichosa.. Luego, ¡fue criada con tanto mimo!... Cuando sobrevino aquella terrible catástrofe de mi pobre hermano...
–¿Catástrofe? –preguntó Augusto.
–Sí, y como la cosa es pública no debo yo ocultársela a usted. El padre de Eugenia se suicidó después de una operación bursátil desgraciadísima y dejándola casi en la miseria. Le quedó una casa, pero gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas. Y la pobre chica se ha empeñado en ir ahorrando de su trabajo hasta reunir con qué levantar la hipoteca. Figúrese usted, ¡ni aunque se esté dando lecciones de piano sesenta años!
Augusto concibió al punto un propósito generoso y heroico.
–La chica no es mala –prosiguió la tía–, pero no hay modo de entenderla.
–Si aprendierais esperanto –empezó don Fermín.
–Déjanos de lenguas universales. ¿Conque no nos entendemos en las nuestras y vas a traer otra?
–Pero ¿usted no cree, señora –le preguntó Augusto–, que sería bueno que no hubiese sino una
sola lengua?
–¡Eso, eso! –exclamó alborozado don Fermín.
–Sí, señor –dijo con firmeza la tía–; una sola lengua: el castellano, y a lo sumo el bable para hablar con las criadas que no son racionales.
La tía de Eugenia era asturiana y tenía una criada, asturiana también, a la que reñía en bable.
–Ahora, si es en teoría –añadió–, no me parece mal que haya una sola lengua. Porque este mi marido, en teoría, es hasta enemigo del matrimonio...
–Señores –dijo Augusto levantándose–, estoy acaso molestando...
–Usted no molesta nunca, caballero –le respondió la tía–, y queda comprometido a volver por
esta casa. Ya lo sabe usted, es usted mi candidato.
Al salir se le acercó un momento don Fermín y le dijo al oído: «¡No piense usted en eso!» «¿Y por qu
éno?» , le preguntó Augusto. «Hay presentimientos, caballero, hay presentimientos...» Al despedirse, las últimas palabras de la tía fueron: «Ya lo sabe, es mi candidato.»




Cuando Eugenia volvió a casa, las primeras palabras de su tía al verla fueron:
–¿Sabes Eugenia, quién ha estado aquí? Don Augusto Pérez.
–Augusto Pérez... Augusto Pérez... ¡Ah, sí! Y ¿quién le ha traído?
–Pichín, mi canario.
–Y ¿a qué ha venido?
–¡Vaya una pregunta! Tras de ti.
–¿Tras de mí y traído por el canario? Pues no lo entiendo. Valiera más que hablases en esperanto, como tío Fermín.
–Él viene tras de ti y es un mozo joven, no feo, apuesto, bien educado, fino, y sobre todo rico, chi
ca, sobre todo rico.
–Pues que se quede con su riqueza, que si yo trabajo no es para venderme.
–Y ¿quién te ha hablado de venderte, polvorilla?
-Bueno, bueno, tía, dejémonos de bromas.
–Tú le verás, chiquilla, tú le verás a irás cambiando de ideas.
–Lo que es eso...
–Nadie puede decir de esta agua no beberé.
–¡Son misteriosos los caminos de la Providencia! –exclamó don Fermín–. Dios...
–Pero, hombre –le arguyó su mujer–, ¿cómo se compadece eso de Dios con el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie, ¿qué es eso de Dios?
–Mi anarquismo, mujer, me lo has oído otras mil veces, es místico, es un anarquismo místico.
Dios no manda como mandan los hombres. Dios es también anarquista, Dios no manda, sino...
–Obedece, ¿no es eso?
–Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven acá!
Cogió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos rizos de blancos cabellos y añadió:
–Te inspiró Él mismo. Sí, Dios obedece... obedece.
–Sí, en teoría, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se te presenta un gran partido.
–También yo soy anarquista, tía, pero no como tío Fermín, no mística.
–¡Bueno, se verá! –terminó la tía.

Miguel de Unamuno, Niebla.

lunes, 21 de abril de 2014

El hombre que no se sentó

Con la muerte de Adolfo Suárez se cierra (en apariencia) el episodio de la Transición española. Con su ida fantasmas olvidados retornan al imaginario colectivo español, tales como la altura moral, la cosecha de consenso o la humildad superlativa atribuida a grandes hombres. Quien crea que los españoles es un pueblo pasivo se equivoca; tenemos la maldición (o el don), eso sí, de ver las virtudes de nuestros gobernantes a posteriori. Sólo el cauce del tiempo nos regala una visión generosa con los nuestros, una visión justa. En el caso de Suárez, fue ahora cuando vimos cuán grande fue. ¿Es peor, quizá, esa maldición nuestra que nos impide mejorar a nuestros animales políticos hasta admirarlos, o ese olvido de las bondades del presente que nos esconde a lo mejor de lo mejor?




Ortega decía que el problema de las sociedades modernas era que gobernaban masas en lugar de grandes hombres, y que, de darse éstos, los odiábamos en lugar de admirarlos. Punto y final.
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