Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Pudieron

Llegaron y se quedaron. Reunieronse en Lavapiés, conspiraron como los militares de la Operación Galaxia tratando los pormenores de un exquisito plan de márketing y se lanzaron a las europeas. Y ganaron. Sí, ganaron. Porque a pesar de tener pocos eurodiputados, robaron votos y amenazaron la hegemonía bipartidista con un hambre revolucionaria voraz.¿Pero quiénes son? ¿De dónde surgieron los podemosistas y cómo llegaron a alzanzar tanta notoriedad y éxito en tan poco tiempo, siendo la política española tan rancia?

A pesar de renegar de los personalismos, estas personas decidieron lanzar una campaña con rostros claros y cristalinos. Déjenme decir que precisamente por renunciar a la transversalidad gregaria del 15-M que les dio forma, esta primitiva fuerza política consiguió bautizarse en sociedad. Y se apuntaron a los europeas. A través de las redes sociales inundaron la sociedad con sus nuevas ideas y planteamientos. Pero el carácter amateur de dicha gestión, que acercó sobre todo Twitter a muchos posibles votantes, unido al hastío clásico de la actual España en cuanto a las hienas que ocupan sus instituciones públicas, lanzó el primer cohete espacial directo al postbipartidismo. La colonización aún no había empezado, pero las rosas de la estación norte y las gaviotas de la estación sur, de espaldas e incapaces de contemplar el estercolero que dejaban a sus espaldas, miraban la astronave acercarse suspirando, arrogantes: «¡Ten por seguro que se estrellará!».

Y cuando Arias Cañete pseudo-ganó las elecciones europeas, Pablo Iglesias se quitó el sombrero y el chal y entró en el plató de televisión. Arropado por su tropa de simpatizantes, habló a varias televisiones la misma noche en que insignificantes números de escaños obtenidos por freaks politólogos -así los despreciaban y desprecian-, pasaron a significar, increíblemente, mucho más que simples números. ¿Era cierto, entonces, que el régimen del 78, así llamado, se estaba desquebrajando y podían tomar partido en las decisiones del porvenir? Aquéllo fue el comienzo de un albor. Pero inmediamente surgió una campaña de desprestigio y pánico por parte de las filas del Partido Popular (principalmente, aunque también la hubo mínimamente por parte del  PSOE).


¿Populista? ¿Filoetarra? ¿Filochavista? Las críticas a Podemos son continuas. Sorprende no tanto la carencia de fundamento de algunas, sino los ríos de tinta que se emplean en advertir de su hipotéticas decisiones. No es insulso indicar que la mejor campaña promocial del partido la ha realizado el Partido Popular, pues ha llenado la prensa de titulares avisando del terror que se avecina por parte de el-de-la-coleta-que-no-puede-ser-nombrado y ha acabado dando validez y poder a una fuerza política que, elecciones europeas aparte, y también, ciertamente, no ha gobernado ningún ayuntamiento o comunidad autónoma. Podemos no ha tocado aún la mesa política con sus dedos suaves de biblioteca universitaria; se tacha a un fantasma en esta táctica, y sin embargo, se le da un cuerpo y un arma a dicho espectro; se le vivifica. Cabe preguntarse si, de no haber habido esa campaña de desprestigio popular, el partido de Iglesias (el nuevo) hubiera alcanzado ese estadio de prólogo de revolución social. ¡Jesús, si parece que ya figura en los libros de historia, -perdonad el vocativo; me refería a Cristo y no al otro-, y que lleva en política siglos cuando es un partido con menos de un año de vida!


Bueno, Guillermo, me sorprende que vayas a votarle. Para nada pienso apoyar a ese sindicato de estudiantes de letras con carteles de Che Guevara y círculos políticos como organización microsocial para cada segmento de población (mileuristas, estudiantes, homeópatas, jubilados, amantes de animales, etc.), con reminiscencias a un mayo del 68 lejano tratcheriano, pero, éso sí, Ipads, literatura posmodernistas y jerga marxista moderna. Pero no dejo de preguntarme por qué debería votar a otros partidos que puedan ofrecerme alternativas, cuando la experiencia demuestra que el tópico de que todos son iguales parece efectivamente verdadero. Y aquí llegamos al quid de lo que quería decir:

Que sin duda esta legislatura me ha demostrado que la desafección es sin duda la postura más posible ante este paraje nauseabundo; todos y cada uno de los partidos, con todos sus órganos, todas sus estructuras y todas sus personas detrás de los logos, son, sin excepción, cómplices, activos o pasivos, por maldad o por, oh, estupidez, de este sistema anquilosado heredado de viejos; que no hay ninguna institución limpia y pura en la que confiar en este país; que, de vivir cívicamente, España sólo vale la pena para rodearse de indiviudos, tragicómicos ya, mientras el subsidio de desempleo se esfuma como el humo de las alcantarillas de Vallecas enfilando entre las colas de gente del INEM; que somos buena gente, gente tonta, pues en otros países ésto habría sido ya un alzamiento robersperiano justo y necesario; que, ¡por supuesto!, ni sindicatos ni empresarios, ni fuerzas políticas nacionales o supranacionales nos son útiles ahora, y en lugar de desfilar uno por uno al Congreso de los Diputados para proteger día-sí-día-tambíen, como deberían, los interes ciudadanos, desfilan hacia la Audiencia Nacional, en un espectáculo esperpéntico sólo superado por la fría tranquilidad e indiferencia de un pueblo que, creo, tiene lo que merece al tutelar la codicia de los bajos hombres que nos gobiernan.
que


Y el catastrofismo me hace ver fantasmas polémicos en el futuro. No veo paz ni mejora en este país. Y a medida que todo vaya a peor, el radicalismo político enfrentará a la viaja guardia con la guardia revolucionaria, todo ello en medio de un cementario laboral, con un paro que no baja; sube.

¿Qué contar, si ya lo vivís?

lunes, 10 de noviembre de 2014

Interstellar

Falto de adjetivos me hallo. Por un lado, he disfrutado como un bebé, pero por otro no he visto lo mejor de Nolan, ni un estilo parecido a la trilogía Batman o a 'Inception'. Me he descubierto bocabierto viendo el espacio exterior, pero he dudado de los presupuestos científicos de la película (los que la misma película desea venderte en su contexto, me refiero). La música me ha embadurnado de irritabilidad e inquietud cinematográfica, pero también me he dado cuenta de que la ignoraba: se mimetizaba tanto con la esencia de la película (¿puede acaso decirse éso?) que no se percibía; se respiraba, y ya.

Que se parta de una tierra distópica, infierno medioambiental, con una especie humana en extinción y se viaje hacia el espacio exterior utilizando el espacio absoluto newtoniano como un chicle a vomitar y estirar mola. Mola. Chifla. El tratamiento de las escenas allí es deliciosamente anonadador y no hay queja sino súplica del espectador. En ocasiones, se tuerce, eso sí, la jerga física y uno se siente en el banquillo de un encuentro internacional de jóvenes estudiantes de ciencias de la naturaleza: ¿qué es un agujero negro y en qué se diferencia de uno de gusano? ¿Cómo funciona? ¿Adónde va? ¿Cerca de él se deforma el tiempo y el espacio? ¿En qué medida? Y habría un sinfín de dudas tras visionar este reto. Pero no es lo importante. Cuando voy a una película no busco el inquebrantable mantimiento del principio de no-contradiccón, sino una sentido interno coherente en su propia historia, y para ello se debe presentar primero las reglas del juego y luego jugar.

La debilidad del film es la trágica combinación de fría cientificidad astrofísica y amorosa candidez paterno-filial; es, en realidad, una gran baza, pero que no se mantiene durante toda la historia. La combinación es ardiente al principio, pero el sentido se pierde como humo escapándose de un motor justo cuando está la nave alcanzando la estrafosfera. A continuación los procedimientos que se toman pueden verse y sentirse, pero falla algo; falla el propio sentido, la cordura que respiraba todo el guión antes. El olor a reactor de la NASA y a tostadas recién hechas en una casucha tejana deviene, de pronto, en polvo estelar, a casposo polvo metafísico incomprensible e inconmensurable. Si algo me falla, no lo vi. Si hubo más explicaciones racionales y sensatas que explicaran (y justificaran) semejante final, no las vi.

Y sin embargo, como no fui consciente de todo ese tiempo ahí, disfruté. Disfruté como un niño aplaudiendo esas escenas que te quitan el aliento, que no entiendes pero comprendes; disfruté de una gran historia y es lo que importa. ¿O no?

sábado, 1 de noviembre de 2014

Capitalismo o decadencia

Ignorar el nombre del hombre y transformarlo en cifra, ése es el trabajo de la economía frenética, que busca números y más números. Se olvidan los nombres (los individuos), y los apellidos (la familia), y se vuelve a un vértice infantil de autoritarismo rígido y frígido: es la dinámica del hacer-por-hacer, del miedo a la pausa breve para charlar intrascendentalmente. ¿Qué hacemos? Trabajar. ¿Y mañana? Quizás, también. O puede que el mañana no llegue porque otro número, otro supuesto «humano» te haya robado el puesto de trabajo.

Pregúntate siempre el por qué y descubrirás demonios en las estatuas de bronce que adoramos.

martes, 8 de julio de 2014

Los tres mosqueteros: una democracia «de los chinos»

Es revolucionario en la España de 2014 que tres candidatos de un partido político debatan intensamente sus ideas en televisión. Es revolucionario pese a lo ordinario del planteamiento una vez se esfuma la ilusión y deviene en realismo pragmático: se han visto en el ámbito de la esfera del PSOE, en un debate cerrado entre ellos sin apenas interpelaciones, con preguntas de sus propios militantes, y de forma muy a lo suyo. Y sin embargo, tenemos una democracia interna en los partidos tan rancia que es llamativo y explosivo, revolucionario. En un país en el que la institución más modernizada y reformada en los últimos tiempos es la monarquía, las anquilosadas y corruptas pirámides de la partidocracia empiezan a cambiar. Tienen -en presente- kilos de maquillaje, y aún han de mejorar, pero están empezando a percibir los aires de cambio que vienen -que no son altruistas y benefactores, sino venenosos y catastróficos, pues se acercan olas de cambio electoral sin compasión ni equidad (PP, PSOE, misma mierda es)-. 

Se acerca a ellos una matanza tarantina encabezada por Pablo Iglesias y los minoritarios, y ahora tienen miedo. Normal. Lo merecen, por cierto.






martes, 3 de junio de 2014

La traición de Rosa Díez

Zasca. Ocurrió. Juan Carlos abdicó. En una cortina de humo poselectoral mandó a Rajoy dar el anuncio con el tono de voz anodino. Y se hizo oficial: El Rey renuncia al trono. Por primera vez, alguien renuncia. Dimite. Suena la palabra extraña, aún más cuando no se esperaba y no tenía motivos aparentes para hacerlo. 

Nuestro país es especial. Es para gente que tiene mucho morro, se llama estadista y no lo es. Juan Carlos lo hizo con la mejor intención, pero ve que es inútil ahora y nos deja. No es que fuera un Rey perfecto, pero comparado con la inmesa mayoría de nuestros políticos y sus nefastas tareas y corruptelas, tuvimos al mejor políticos -y único- vitalicio al servicio de todos. Para un republicano jamás será suficiente, sin embargo. Y con razón.

Punto y aparte, piden unos. Coma, sin más, piden otros. Felipe se frota las manos ante la inminente prisa burocrática de la cámara legislativa. La corona está caliente. Le llegará pronto. Mas ¿y la voluntad popular? ¿qué fue de la democracia directa? ¿Queremos monarquía? ¿Hay certeza?

En España las leyes se hacen rápido y mal, siempre mirando a una campaña electoral y raramente mirando en lo extenso del futuro. La monarquía ha sido un parche ante nuestra incontrolable tentencia a matarnos unos a otros por cada régimen político entrante. Por cuarenta años de tranquilidad que hemos tenido se ha dejado para el final, de forma torpe y adolescente, la cuestión de la sucesión. 

El Partido Socialista intenta remarcarse como de izquierdas, pero sus bases republicanas aúllan en la tumba del viejo Pablo Iglesias cuando Rubalcaba da la bienvenida a Felipe VI. No es cuestión de ser de izquierdas o derechas, monárquico o republicano, sino de ser coherentes. Somos demócratas y no dejamos votar. Somos independentistas catalanes y queremos república española. Los partidos en su ignorada o deliberada incoherencia se están suicidando.
El pasotismo de este país tiene su máximo punto en las bases de los partidos. Los portavoces de los mismos atribuyen a toda velocidad la voluntad de su militancia a su voz, y defienden la continuidad del hijo del Juan Carlos I como si no se pudiera, debiera o soñara con poder preguntar a la militancia y la ciudadanía por algo tan trivial, y tan importante, como el tipo de Estado que queremos. La democracia de este país es partidocracia; ya antes se elegían candidatos a dedos y no por primarias, y ahora se eligen reyes por parlamentos caducos temblorosos de miedo por un futurible parlamento lleno de rojos republicanos.

Y en medio del huracán de la llamada Segunda Transición, Rosa Díez y UPyD alega que la forma del estado es menos importante que la sustancia del problema: tener buena monarquía o buena república es más importante que tener república o monarquía. Sabias palabras que visto a mal sirven para no mojarse. Participarán en el debate, de haberse, siempre que no sea en caliente y sea profundo. Pero, ¿y la decisión? ¿Dónde dejó Díez de ser progresista para ser constitucionalista? Decepciona ver que todos son expertos en abogacía, sabedores de los entresijos de los códigos penales y constitucionales. Adoran las leyes con pleitesía y son incapaces de ver allende el ámbito legal. La ética para ellos es la Luna. Y vivimos en el Averno de normas y más normas. Estabilidad ante todo. Que nada cambie. Todo debe ser igual para que no cunda el caos.

¿Y cuando se fragmenten los partidos mayoritarios qué harán? ¿Y cuándo las manifestaciones ensordezcan la coronación a quién escucharán? ¿A qué esperan para reaccionar estos señores?

martes, 6 de mayo de 2014

Niebla

-Sí, señor mío, yo soy anarquista, anarquista místico, pero en teoría, entiéndase bien, en teoría. No tema usted, amigo –y al decir esto le puso amablemente la mano sobre la rodilla–, no echo bombas. Mi anarquismo es puramente espiritual. Porque yo, amigo mío, tengo ideas propias sobre casi todas las cosas...
–Y usted, ¿no es anarquista también? –preguntó Augusto a la tía, por decir algo.
–¿Yo? Eso es un disparate, eso de que no mande nadie. Si no manda nadie, ¿quién va a obedecer? ¿No comprende usted que eso es imposible?
–Hombres de poca fe, que llamáis imposible... ––empezó don Fermín.
Y la tía, interrumpiéndole:
–Pues bien, mi señor don Augusto, pacto cerrado. Usted me parece un excelente sujeto, bien educado, de buena familia, con una renta más que regular... Nada, nada, desde hoy es usted mi candidato.
–Tanto honor, señora...
–Sí; hay que hacer entrar en razón a esta mozuela. Ella no es mala, sabe usted, pero caprichosa.. Luego, ¡fue criada con tanto mimo!... Cuando sobrevino aquella terrible catástrofe de mi pobre hermano...
–¿Catástrofe? –preguntó Augusto.
–Sí, y como la cosa es pública no debo yo ocultársela a usted. El padre de Eugenia se suicidó después de una operación bursátil desgraciadísima y dejándola casi en la miseria. Le quedó una casa, pero gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas. Y la pobre chica se ha empeñado en ir ahorrando de su trabajo hasta reunir con qué levantar la hipoteca. Figúrese usted, ¡ni aunque se esté dando lecciones de piano sesenta años!
Augusto concibió al punto un propósito generoso y heroico.
–La chica no es mala –prosiguió la tía–, pero no hay modo de entenderla.
–Si aprendierais esperanto –empezó don Fermín.
–Déjanos de lenguas universales. ¿Conque no nos entendemos en las nuestras y vas a traer otra?
–Pero ¿usted no cree, señora –le preguntó Augusto–, que sería bueno que no hubiese sino una
sola lengua?
–¡Eso, eso! –exclamó alborozado don Fermín.
–Sí, señor –dijo con firmeza la tía–; una sola lengua: el castellano, y a lo sumo el bable para hablar con las criadas que no son racionales.
La tía de Eugenia era asturiana y tenía una criada, asturiana también, a la que reñía en bable.
–Ahora, si es en teoría –añadió–, no me parece mal que haya una sola lengua. Porque este mi marido, en teoría, es hasta enemigo del matrimonio...
–Señores –dijo Augusto levantándose–, estoy acaso molestando...
–Usted no molesta nunca, caballero –le respondió la tía–, y queda comprometido a volver por
esta casa. Ya lo sabe usted, es usted mi candidato.
Al salir se le acercó un momento don Fermín y le dijo al oído: «¡No piense usted en eso!» «¿Y por qu
éno?» , le preguntó Augusto. «Hay presentimientos, caballero, hay presentimientos...» Al despedirse, las últimas palabras de la tía fueron: «Ya lo sabe, es mi candidato.»




Cuando Eugenia volvió a casa, las primeras palabras de su tía al verla fueron:
–¿Sabes Eugenia, quién ha estado aquí? Don Augusto Pérez.
–Augusto Pérez... Augusto Pérez... ¡Ah, sí! Y ¿quién le ha traído?
–Pichín, mi canario.
–Y ¿a qué ha venido?
–¡Vaya una pregunta! Tras de ti.
–¿Tras de mí y traído por el canario? Pues no lo entiendo. Valiera más que hablases en esperanto, como tío Fermín.
–Él viene tras de ti y es un mozo joven, no feo, apuesto, bien educado, fino, y sobre todo rico, chi
ca, sobre todo rico.
–Pues que se quede con su riqueza, que si yo trabajo no es para venderme.
–Y ¿quién te ha hablado de venderte, polvorilla?
-Bueno, bueno, tía, dejémonos de bromas.
–Tú le verás, chiquilla, tú le verás a irás cambiando de ideas.
–Lo que es eso...
–Nadie puede decir de esta agua no beberé.
–¡Son misteriosos los caminos de la Providencia! –exclamó don Fermín–. Dios...
–Pero, hombre –le arguyó su mujer–, ¿cómo se compadece eso de Dios con el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie, ¿qué es eso de Dios?
–Mi anarquismo, mujer, me lo has oído otras mil veces, es místico, es un anarquismo místico.
Dios no manda como mandan los hombres. Dios es también anarquista, Dios no manda, sino...
–Obedece, ¿no es eso?
–Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven acá!
Cogió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos rizos de blancos cabellos y añadió:
–Te inspiró Él mismo. Sí, Dios obedece... obedece.
–Sí, en teoría, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se te presenta un gran partido.
–También yo soy anarquista, tía, pero no como tío Fermín, no mística.
–¡Bueno, se verá! –terminó la tía.

Miguel de Unamuno, Niebla.
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