Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.

sábado, 11 de diciembre de 2010

La chica del bar

Obra de Ernest Descals

Alicia entró apresuradamente y jadeando a la cafetería, lo que llamó la atención de un hombre y una mujer que estaban esperando en la cola. Todos los presentes iban abrigados hasta las cejas, estaban cansados y el único motivo por el que estaban en ese día de invierno allí era porque se suponía que muchísimos años atrás alguien importante había nacido, y era ése el día más indicado para estar con la familia tomando un chocolate caliente, o un café humeante, o un bollo de esos dulces y enormes que no caben en la boca, y así festejarlo.
Era Navidad.
Lejos de inmutarse porque la estuvieran viendo, ella se pasó la manga de la cazadora por la nariz y se apartó de su labio superior los mocos tibios que se le habían caído mientras se había dedicado a correr desde la estación de metro hacia allí.
Se dio cuenta de que alguien la estaba observando: un chico de su edad, moreno, con una chaqueta oscura y una bufanda morada. No parecía reírse de ella, sólo parecía embriagarle una extraña curiosidad respecto a su persona.
Llegó su turno de pedir y Alicia, ni corta ni perezosa, dijo los nombres ingleses que hacían referencia en esa tienda a un café tibio y una palmera. En el momento de pagar, se percató de que no tenía absolutamente nada de dinero encima.
—¿Aceptáis tarjeta?
La chica que la atendió negó con la cabeza, y entonces una figura de al lado de Alicia, de la otra fila que estaba esperando, se interpuso de repente con un billete en la mano:
—Da igual, yo invito—dijo.
Alicia lo miró mejor: era el chico que la había estado mirando el que había hablado, y además acababa de invitarla.
—Gracias…Pero no puedo…
—No seas boba, a todos nos ha pasado esto una vez y nos hubiera gustado que alguien nos hubiera echado una mano.
—Muchas gracias….
Ella se apartó de la fila, avergonzada por la situación. Alicia había sido siempre una chica responsable, atenta y precavida. Siempre organizaba todo antes de salir de casa, bueno todo no. Pero sí las cosas realmente importantes. Y el dinero, en una ciudad como Valencia, que era donde se encontraban, y en el barrio adonde había ido a parar, era imprescindible. Aunque también era verdad que los últimos acontecimientos familiares la había obligado a trastocar su forma de ser, y es que cuando Alicia se preocupaba por alguien perdía el norte y no veía otra cosa que la preocupación por ese ser querido.
Se sentó en una mesa individual con una silla delante y se frotó los brazos antes de empezar a comer, pero el chico que le había invitado a la comida se sentó delante de ella, sonriente.
—Disculpa, ¿te importa mucho si me siento contigo?
Ella comprendió que no tenía muchas opciones: no sólo ya se había sentado enfrente de ella, sino que además era él quien le había pagado todos esos alimentos que en esa noche de Navidad le estaban saciando un hambre que iba a había estado a punto de terminar con ella en medio de su viaje por media Valencia.
—No, por  supuesto.
—Gracias. No pretendo, ni por asomo, aprovecharme de que te he invitado a la comida. Es que la persona a la que estaba esperando me ha dado plantón, y pasar solo la cena de Navidad, Dios, si esto se puede considerar una cena decente, es un poco triste y patético, ¿no crees?
Alicia asintió y dio un sorbo al café. Estaba caliente,  a pesar de denominarse comercialmente de otra forma, y casi se quemó los labios, pero agradeció sentir alguien reconfortante calentándola.
—¿Cómo te llamas?
—Alicia—respondió ella inmediatamente, y fijó la vista en el suelo, meditabunda, cuestionándose qué mecanismo complejo de su femenino cerebro se había estropeado para que sin explicación le hubiera confesado su nombre a un desconocido. Sin embargo, no tuvo miedo. Él parecía agradable, la miraba a ella detenidamente, curioso, y cuando ella se daba cuenta de que lo hacía descaradamente, disimulaba, y fingía mirar a otro lado. Sin embargo, los vistazos que le daba le gustaba. No se fijaba en su físico ni en su vestimenta, sino que la consideraba curiosa, interesante.—¿Y tú?
Él sonrió, y Alicia se dio cuenta de que estaba un poco triste. Parecía tratarse de un chico al que la novia le hubiera abandonado en una noche tan simbólica, un tipo optimista al que el cariz de las cosas le hubiera pegado una ramalazo a su optimismo, y que se estuviera recuperando.
—Me llamo Javier.
Alicia asintió y miró a su lado: una chica de gafas redondas charlaba sin cesar con un acompañante varón que escuchaba sin decir nada a todo lo que decía, pero ella se paraba de vez en cuando para dejarle hablar a él, y que él tuviera suficiente paciencia como para no interrumpirla le inspiraba ser más dulce que de costumbre.
Alicia no había olvidado el motivo por el que estaba ahí, no, lo tenía muy presente en sus pensamientos, pero de repente sintió algo distinto: pena. El chico que le había invitado parecía mirar el vacío del suelo en soledad, y ella le haría un feo enorme yéndose ahora, sin acabar a lo que le había invitado.
—¿Por qué estas triste?
—Por tu hermano.
Alicia dejó pasar unos segundos.
—¿Perdón? ¿Por mi hermano?
—Sí, por él.
—¿Lo conoces?
Ella frunció el ceño, confusa. Se había confundido en todo: no debía haberse quedado con ese extraño. Estaba chalado, nadie invitaba a desconocidos sin querer nada a cambio, y en este caso su objetivo era asustarla.
—¿Por qué has dicho eso?
—¿El qué? ¿Lo de tu hermano?
—Sí.
—Porque es verdad: estoy triste por tu hermano.
—¿Y lo conoces?
—No. Pero sé quien es, la verdad. No te asustes, Alicia. No soy ningún peligro para ti ni para él. Simplemente soy un peligro para mí mismo…
—¿De qué coño me estás hablando?—le interrumpió ella.
—Sé que ahora mismo estás confundida. ¡Yo también lo estaría si estuviera charlando como tú lo estás haciendo ahora mismo!
—Mira, déjalo. Te agradezco de veras que me hayas invitado a todo esto—señaló a su comida—, pero no quiero estar aquí más. Me voy, y no me sigas—acto seguido se levantó y trató de irse de la cafetería.
—No, no. Estás confundida. Sólo he venido a avisarte.
Suspiró en el pomo de la puerta y se miró su propio reflejo. Suspiró, y su propio vaho empañó el cristal, y a su propia imagen. Regresó hasta él:
—¿Avisarme de qué, si puede saberse?—le soltó de pie, sin sentarse.
—De lo que va a pasar cuando salgas por esa puerta.
Intrigada, le siguió la corriente y se sentó.
—¿Qué me va a pasar?
—Tú y tu hermano vais a morir esta noche, en eso de dentro de una hora.
—Es despreciable que la poca gente filantrópica que hay en este mundo sea como tú. Y penoso. Adiós.
—¡No puedes entenderlo! ¡No te marches!
—¿Qué  tengo que entender?
—Mira, yo…yo…he nacido especial, ¿sabes? Ni tengo superpoderes ni soy inmortal, ni destaco en nada. Pero tengo algo. Mi madre lo llamaba desgracia. Yo la secundo en ese aspecto. Puedo saber cosas que las demás personas no saben, pero dentro de ese extraño conocimiento no tengo el origen de esa capacidad. Por tanto, desconozco por qué me ocurre esto.
—¿De qué me estás hablando?
—Alicia, mi querida Alicia. Tienes mi asombro y mi más profunda admiración. Tu vida es honestidad, pureza y diligencia. Por eso me cuesta decirte todo esto, pero al mismo tiempo me anima, me impulsa precipitadamente a confesarte tu destino. Cuando salgas por esa puerta, cuando salgas de esta cafetería, el gran archivador que todo lo ve sacará tu expediente de un gran cajón lleno de informes de gente aún viva y te pondrá fecha de caducidad. Entonces, cuando salgas de aquí, sucederán una serie de sucesos y todo será incuestionable. Verás dos mujeres de la mano, una pequeña llovizna, un niño estornudando de mano de sus padres y un murciélago típico de esta hermosa ciudad. Después seguirás buscando a tu hermano, y como seguirás viva ignorarás mis palabras y creerás que tu antigua resistencia a creer en el destino ha sido lo que te ha permitido sobrellevar tus dudas acerca de si estaba en lo cierto o no sobre de tu vida. Y buscarás a tu hermano, que por entonces seguirá con vida. Estará en una parada de metro, esperando a gente, pero no esperándote a ti. Aunque eso ya lo sabes. Después habrá una pelea de bandas urbanas y tú llegarás de repente. Nadie tendrá intención de hacerte daño, no habría motivos de herir a una chica ajena a todo, pero sin embargo un cuchillazo mal apuntado acabará contigo. Tu hermano, dolido, cargará contra la banda rival y lo matarán a él también. Y estoy aquí porque puedo cambiar todo eso. No importa quién sea, ni qué quiero, únicamente es importante que entiendas, que valores el hecho de que salir de esta cafetería constituye un asentimiento a la condena de muerte que el gran archivador está a punto, casi ya, de hacer. ¿Me comprendes?
Alicia estaba sentada. Había oído todo, absolutamente todas las palabras de ese chico, y estaba cautiva del misterio de su teoría. Porque sus palabras parecían ciertas.
—¿Quién es mi hermano?
—Como prueba de que sé de qué hablo, entiendo que quieras saber si conozco a tu hermano. Manuel es un buen chico, tiene dieciséis años, novia, y aunque le cuesta estudiar tú crees que puede tener un brillante futuro. Cuando tu familia se quedó en bancarrota, accedió a que un hombre carismático le dejara la suficiente cantidad de euros a su familia. Y ahora ese hombre ha resultado ser un hombre violento, perteneciente a una banda juvenil, que azuza a los jóvenes a la violencia, a luchar por ideales inexistentes, ideales que por los que no vale la pena luchar, o perder la vida.
Alicia había sido una joven con los pies en la Tierra. Jamás la podían engañar con trucos baratos. Pero no se sentía engañada, al contrario…
—Dime—le temblaron los labios al hablar.—¿Quién eres?
—Ya te lo he dicho: soy Javier.
—¿Quién eres…de verdad?—le preguntó de nuevo.
—Soy yo, Alicia. El de siempre. No hay dos Javieres, ni soy un profeta, ni nada por el estilo. Soy, simplemente, Javier. Soy tan normal como tú o como la mujer que ha estado aquí al lado hace un rato.
—He venido corriendo desde la otra punta de Valencia porque al gilipollas que tiene agarrada a mi familia del cuello no se le ha ocurrido otra cosa que animar a mi hermano a irse a una estúpida pelea en el metro cerca del centro, y lo ha soltado como si nada a la hora cenar, porque a la corrupta de mi madre no se le ha ocurrido otra cosa mejor que invitarlo, lo que ha provocado que dejara la comida y saliera corriendo hacia acá. Estoy aquí porque pienso hablar con mi hermano, porque es la persona que más me importa en el mundo y porque no voy a quedarme de brazos cruzados mientras pone en peligro su vida. Todas las teorías que digas, todas la palabrería que digas carece de sentido ante ese hecho. Y que me invites a un café, a dos o tres, solo va a cambiar el número de cafés que voy a decir que tienes que meterte por el culo.
—Alicia…
—¡¿Qué?!
—Si sales por esa puerta, todo eso sucederá. Esta noche va a morir mucha gente en ese metro y mucha gente va a lamentar sus muertes y sus heridas, pero te aseguro que tú puedes cambiar tu parte en esta historia. Tienes que creerme, tienes que optar, de repente, haciendo una locura, por dar crédito a las confesiones de un completo desconocido.
—Mi hermano…
—Alicia…
Cerró la boca de inmediato. Hablar más era inútil.
Se había ido, y su acción había desencadenado una serie de acontecimientos que dentro de un tiempo iban a hacer mella en la ciudad.
Javier bebió un sorbo de café con pocas ganas.
Otra más a la lista de los que no le había creído….
Bueno, pensó, al menos es Navidad.


1 comentario:

redaccion dijo...

Hola, te agracederé, si te es posible, el que puedas poner el nombre del autor de la pintura, ERNEST DESCALS, PINTOR.Muchas gracias.

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