Lineas ParaRelas Es una falta de ortografía con patas.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Los animales

¿Merece la pena defender los derechos de los animales? ¿Vale la noción de derecho para una criatura que no es humana? ¿Se puede defender de igual forma un animal doméstico que uno salvaje? ¿Son legítimas las corridas de toros en las que se sacrifica al animal?

Parece repugnarnos el ensañamiendo de algunas personas con los animales, y parece despertar en nosotros nociones extrañas. Obviamente consideramos grotesto ese tipo de conducta, pero hay que preguntarse si el porqué es meramente estético -o sea, no nos importa el sufrimiento de esos animales, sino verlo-, o si de verdad tenemos voluntad política de defender mediante leyes a un colectivo que precisamente no forma parte de la sociedad: y es que promover la defensa de montes o ríos no es lo mismo que defender mediante leyes a animales. Los animales se reproducen, se mueven, cazan, matan y son matados; o sea, son activos; mientras que los accidentes geográficos están ahí. De alguna forma, defender al lobo ibérico es responsabilizarse de las pérdidas de los ganaderos gallegos que ven cómo sus ovejas sufren ataques de estas criaturas, pero tambiés es responsabilizarse de su extinción, o sea, de la inacción o de la mala actuación nuestra que deriva en la extinción de un raza.

Pero la noción de ser no humano es importante: defendemos paradógicamente esos seres, siempre teniendo en cuenta que los hombres, las personas, están por encima de los otros seres en dignidad -ética, o sea, derechos, obligaciones, etc...-. Y sin embargo, los defendemos. Parece que vemos en ellos una versión nuestra. No son sólo los perros y gatos. También nos vemos reflejados en los orangutanes, en los delfines y en los leones. ¿La razón? La sensibilidad de ellos es también nuestra. A veces olvidamos que aunque científicos, poetas y burócratas, las personas también gustan de correr, comer, descansar y copular. Los animales sienten esos placeres y esos dolores, y tal vez -me parece recordar que así lo dice Peter Singer- ésa es la razón de la apología del derecho animal: sienten los animales como nosotros; por tanto, no le demos dolor. Pero la cuestión no es aquélla. No se trata sino de no provocarles dolor innecesario: parece utópico, siguiendo la máxima de la sensibilidad compartida, proponer la abolición de nuestra alimentación carnívora: no somos así, pero sí podemos evitar los males innecesarios, la crueldad, en fin, que disfruta sin razón alguna.

Pero incluso justificada, la matanza de animales nos horroriza. Incluso poseyendo un fin, vemos sangre y la muerte horrible de reses en mataderos y pensamos en la barbaridad que está haciendo el hombre, evocando tiempos peores, y asociando la violencia y la truculencia al mal absoluto. ¿Relativizable? Hay quien dice que matar es matar, sin paliativos. Intoxicar a un animal, cortarle el cuello o sencillamente ahogarlo son formas que conducen a lo mismo: a la muerte del mismo. Y eso es así y no cambiará. Frente a esta crueldad -arguyendo las penosas condiciones de vida que sobrellevan- los vegetarianos ganan peso.

En cualquier caso, sea necesaria o no la carnicería -puede dudarse de su una dieta no carnívora satisfaga energéticamente lo mismo que una carnívora- el daño gratuito es lo que hay que evitar. ¿Pero por qué? No hay razones para evitarlo si tenemos en cuenta estrictamente hablando que no son personas, pero es que el hombre puede elegir, y no es arbitrario en sus acciones -pegar a un perro o acariciarlo es igualmente legítimo, y sin embargo es reprobable la violencia gratuita, no así la autodefensa-.

Para acabar, como ápice de intelectualismo petulante, quiero recordar a Gandhi, que decía que una sociedad se mide por cómo trata a sus animales. Yo diría más bien bien que una sociedad se mide moralmente por cómo los trata cuando no hay imperiosa necesidad de elegir entre ellos y nosotros. Por tanto, deberían elevarse las penas para todo delito infantil de autosatisfacción gore respecto a los animales: si somos civilizados, defendamos lo que nos hace civilizados.

sábado, 20 de abril de 2013

El dilema que no puede ser nombrado

Hablar del aborto es terreno vedado. Parece que no puedes emitir juicios sin ser encasillado en sus dicotómicas posiciones enfrentadas. Hubo un tuitero que resumió la polémico argumentando que los que defienden la vida del feto se centran en él en la discusión, mientras que las personas que defienden el derecho a decidir lo hacen en la perspectiva femenina. Esto lleva a un círculo sin fin. Es y no es así.
Cualquiera puede hablar de aborto y sexualidad, pero dar consejos de prácticas sexuales o explicarla en sí misma es irónico viviendo de aquéllos que juran castidad durante sus votos.

En primero lugar condeno toda ilegalización y endemonización de la mujer que aborta: admito sin embargo que la mujer sin remilgos que lo hace es fría e insensible, pero no prohíbo su actuación, en primer lugar porque es estúpida dicha censura propia de tiempos medievales en los que el sujeto no es nada sino un remilgo subordinado a la teología de turno. En segundo lugar, porque actúa a la fuerza, y en nada se consigue así.

El aborto es una tragedia se entienda como se entienda, pero no es tan simple como aparenta. Hay que analizar exactamente en qué consiste, en un sentido lógico-biológico y ontológico, ser un feto, y cómo misteriosamente de ser una cosa inerte -un óvulo, por un lado, y esperma, por otro- pasa a ser algo vivo. También hay que ver cómo legislar en este aspecto respetando, por un lado el habeas corpus o intachabilidad del cuerpo ajeno -cada uno en su cuerpo puede hacer lo que quiera- y por otro el derecho a la vida del no-nacido.


¿Por qué es una tragedia? Hágase lo que se haga, toda actuación a este respecto es cruel: si se mantiene la mujer con el niño, indirecta -o directamente- a la fuerza, durante el embarazo, puede llegar a odiarlo, a maldecirlo, a culpar al nacido de sus propios errores. Si lo da en adopción, tendrá un vacío grandísimo la mujer que pierda al hijo de sus entrañas. Y si aborta, el sentimiento de culpa y la hipótesis de una felicidad que ya nunca tendrá la atormentarán durante más o menos tiempo -aquí podemos emitir juicios de valor sobre cómo se debe sentir una mujer en este momento, pero no como mujer, sino como persona. Esto es importante: los hombres deben discutir sobre este tema. No basta con simplificar. Hay que respetar la voluntad femenina, pero no como femenina, sino como ciudadana. El género masculino debe también opinar.-

Ahora bien, ¿el feto cuándo aparece? Es ciertamente mágico que sea humano de repente, sin tener las caracterísitas humanas -sociabilidad, independencia, racionalidad- o biológicas -nutrición, relación, reproducción-. Respecto a esto último hay varias opciones: o bien el feto es una personas ipso facto, o bien no lo es hasta tener cierto tiempo -en unas semanas adquiere el alma, según San Agustín-, o bien no es propiamente una persona hasta que se separa de la madre.


-Si es una persona ipso facto, significa que ha pasado de ser una célula no viva (¿o sí lo está?) como son los óvulos y los espermatozoides a formar algo que está vivo (se argumenta que tiene el material genético humano). Aparte de las cuestiones metefísicas (del no-ser no puede nacer el ser), que pueden concluir en que todo está vivo (incluyendo los gametos, pero también las piedras y el agua), o sea, un panteísmo, debe pensarse si realmente pasa a estar vivo: su existencia depende todavía de la madre en un grado altísimo. Es parte de ella tanto como sus pulmones y sus brazos; no es algo independiente. Afirma que es algo, así, en general, diferente de ella, es como indicar que una neurona no es parte de un todo, o que una gota de mar es separable del oceáno.

-El segundo supuesto es que el feto empieza a ser una persona pasado un tiempo. Hay dos vertientes: una neuronal y otra teológica. La primera, psicológica, afirma que el ser humano lo es siendo sensitivo, cerebral, volitivo, libre para comer; a este respecto no es más que una célula o zigoto hasta que empieza a desarrollar la sensibilidad, o sea, hast que en cierto momento desarrolla sensibilidad (de aquí viene tanta literatura sobre qué tipo de música es mejor para una embarazada). El problema es que decir que entonces es persona consiste en admitir que las personas, por ejemplo, con taras físicas incapaces de mover partes de su cuerpo son menos personas (falso, luego no es lo que hace que esté vivo). Por otro lado, el ámbito teológico (que argumenta contra el aborto empleando, paradójicamente, el método científico que tanto reniegan) , por lo menos en otras épocas, afirmaba que el feto no-nato no estaba vivo hasta no haber recibido el alma (que puede interpretarse como aparato nervioso). Y Platón no creía que hubiera alma antes del parto (a contrastar).

-Por otro, en sentido biológico el bebé está vivo cuando es bebé y no es parte de la madre. Hasta que no se corta el cordón umbilican la alimentación la recibe de forma autótrofa de su madre, no por sí mismo. Hasta que no nace, no se relaciona activamente con el exterior, no alcanza cosas.De hecho, si muere la madre, muere el feto: son parte del mismo sistema. Con lo cual, toda legislación debe ser para la madre, no porque la madre sea más importante que el hijo, sino porque lo incluye.

En cuanto a la legislación, no soy abogado. Sin embargo, es anacrónico  tachar de criminal a una mujer que libremente actúa con su cuerpo (además de sospechosamente machista, pues tal como dicen las feministas, una mujer no lo es porque tener hijos, sino que sigue siéndolo aun rechazando la natalidad, punto de vital desacuerdo con el catolicismo). Contemplo el aborto como una tragedia, algo siempre negativo, pero no prohibitivo. Las únicas salidas son el no-aborto: la entrega en adopción o la política activa gubernamental que fomente la natalidad y los anticonceptivos. ¿Incompatibles? Si la gente pudiera tener y no tener descendencia cuando quisiera, la tendría siempre. Más allá de los accidentes sexuales involuntarios, la gente adulta contempla como una acto de autorealización la construcción familiar (familia, a todo esto, no en sentido estricto conservador; incluyo la familia homosexual). La vida es tediosa sin hijos: la población jamás renegaría de la natalidad si tuviera acceso gratuito o fomentado a los métodos anticonceptivos, y si la educación obligatoria incluyese cursos de educación sexual prácticos, orientados a la higiene y la seguridad, no estrictamente el placer (eso es tarea de los sexólogos). Por otro lado, la ética cristiana, que crea la triada sexo-reproducción-matrimonio, en ningún momento favorece las relaciones sexuales maritales con pretensión reproductora: son escasos los kamasutras escritos por gente que aborrece el sexo premarital, y no sería absurdo que se abandonase ese prejuicio puritano.


Finalmente, a las personas que acusan de frialdad a los que intentan hablar racionalmente de este tema, me gustaría decirles que dificultan el hablar pacífico y sensanto: éste es un tema para todos -hombres y mujeres por igual, pues no se puede ser feminista y reivindicar derechos exclusivos de la mujer-, y los argumentos pueden valer de cualquier tipo de rama, menos de la religiosa. Eso no quita para hablar con religiosos, mientras sepan separar de su discurso lo que piensas por sí mismos y lo que les han dicho o han bebido de los Textos Sagrados.


domingo, 14 de abril de 2013

Un socialista, un periquito y un chándal

Hugo Chávez ha muerto dejando un legado histórico de retórica revolucionaria impecable: Venezuela y Latinoamérica se han visto convertidos en hegemonías del centro-izquierda y ocupan un lugar en el mapa tras el tándem Cuba-Venezuela. Ahora con la muerte del comandante, se abre la vía para un chavismo sin Chávez. Ojalá no fuera ni chavismo.



El populismo siempre es perjudicial para un país, sea de izquierdas o de derechas, y negar que el gobierno de ese hombre fue tal, sería traicionar a la verdad. Con sus expropiaciones, sus subidas de impuestos, su indiferencia para con la inflación y la violencia, además de con su reducción de la pobreza y aumento de la escolarización pasa a la historia como un dilema, como una duda, como un héroe o un traidor. Yo insisto: con sus más de diez años de gobierno no quiero insinuar que no hiciera nada bien; lo que afirmo sin embargo es que los venezolanos le han dado demasiadas oportunidades al protagonista de 'Alo presidente', tras sucesivas legislaturas en las que se ha tornado un cacique, un déspota y un arrogante amante del control y el poder. No dudo de sus intenciones benechoras -que tampoco defiendo-, pero sí de su papel como estadista, largoplacista, funcionario de la maquinaria social de una nación -o Patria, como gusta decir, con un pastoso vocativo que recuerda a los discursos del XIX con pasión por la cuna de nuestro pueblo-.

No pudo tomar el poder el jefe, pero tampoco se recuperó de su enfermedad. Incluso con un pie en la tumba se atrevía a soltar disparates: alentó a creer que su enfermedad podía ser causa de unos fantasmagóricos EE. UU. , y dejó los cabos atados para que uno de sus seguidores escogido a dedo heredera el timón de lo que llaman "Revolución bolivariana". Ahora que está muerto, sigue siendo mágica su figura: se cree que es un santo, un Simón Bolívar nacido en el siglo de la Guerra Fría, algo místico y trancendental que supera a la mediocridad de naciones. Cuan Mesías, se supone que se presentó al candidato Maduro en forma de ave pequeña domesticada, dándole permiso para sustituirle en la maquinaria socialista. ¡Qué ingenuos los venezolanos que esperaban una resurreción apoteósica del líder!

Ahora Venezuela, esa curiosa nación morena de grandes pechos que son el petróleo y el poderoso estado vigilante, luce vestimentas y gorras con la bandera de su patria. Curioso nacionalismo el de ese país chiquito, que se honra en haber sido en su momento uno de los primeros en independizarse del malvado Imperio de los españoles. Con chándal y a grito pelado, los dirigente de los principales partidos de Venezuela luchan por hacer suya la lujosa bandera, sus colores latinos de amanecer de una clase media atormentada por una violencia importante, pero la patria del difunto Chávez está más dividida que nunca. ¿El motivo? Apostaría a la falta de miras de Estado del propio Chávez, que centralizó toda la carga institucional de la democracia en su partido y dejó obsoleta a la oposición. A veces lo comparo con Lula -alejado de la política, aún más humilde que Chávez, ahora acuciado por demandas de corrupción- y veo lo que uno fue y el otro no pudo ser. Y me alegro.

lunes, 25 de marzo de 2013

Mis hijos son mi propiedad


Sonará extraño, mas considero que en las sociedades actuales la pedagogía y la moral new age están dando baza a una teoría paternalista en la cual los hijos no son sino extensiones de los padres o posesiones suyas. Nunca se tiene en cuenta lo que desea un menos de edad; siempre se supedita a la voluntad de sus padres. Se le imprime al chaval una moral católica/republicana, en primer lugar simplificando el aparato ideológico posible, en segundo lugar, encerrando al muchacho en apenas tres o cuatro conceptos; y finalmente, ideologizando sin más al joven. Ocurre sin embargo que cuando es un profesor el que manipula, el que siembra y riega una idea política polémica, está inmiscuyéndose donde no debe, casi violando un derecho inalienable de los que gozan de ese derecho que es la paternidad.

Los conservadores, empezando por los aguirristas madrileños, creen que la mejor educación para un hijo consiste en acudir al centro de educación que los padres deseen, sin importar la lejanía, el contenido o algo todavía más importante: la voluntad del alumno. Deseamos tener jóvenes maduros, cultos, cívicos y perfectos, pero les impedimos el acceso a la información, el ocio barato y de calidad, o el libre albedrío para escoger su propia escuela. Los infantes son propiedades más de sus padres, extensiones de sus brazos, labradores que sacan por la calle, vacunan y por lo que llegan a matar para poder escoger ellos y no el animal el árbol donde orinar.

Esto es propio del conservadurismo de este país, que considera a los jóvenes individuos vacíos a los que hay que llenar de ideología -religiosa, para hallar sentido a la tragedia de la vida; económica, para poder desenvolverse con soltura en esta sociedad mudable; y social, para aprender a acercarse a un tipo de persona y no cambiar de esfera-. ¿Y la izquierda no hace lo mismo? La educaciónd de valores de los progresistas es tan vomitiva como la otra: inculca la tolerancia, la democracia y el respeto como universales platónicos a digerir junto a los cereales dietéticos y la leche desnatada. Los valores no se aplican mediante el estudio teórico, sino mediante la práctica. Asimismo, la discusión sobre los valores es estúpida: no vale decir un sector de la sociedad -el reaccionario católico- tiene ciertos valores cristianos diferentes de los valores de la izquierda de la ceja: éstos son universales y sujetos a discusión racional, nunca política (estrictamente). El amor y el cuidado de los pobres son máximas de la izquierda y la derecha desde la perspectiva de la lucha de clases y el sacrificio de Cristo.

Educación para la Ciudadanía, quiero decir, fue positiva para la sociedad. Los jóvenes deben saber de las guerras, de la divisón de poderes, de la recesión económica, de las razas de la Tierra -que no son tal, sino accidentes de una especie, la humana, pluriforme-, mas también de ciencias empresariales, aborto, eutanasia, homosexualidad, sexualidad en general... Los temas polémicos en sí son interesantísmos y vitales para los hijos; deben saber que existen y a partir de ahí enjuiciarlos: tal vez viendo varios enfoques y varios dilemas morales, sociales y políticos juntos, en el mismo temario, a pesar de su posible confrontación ideológica, logren superar a sus padre y tener en vista otras cuestiones más importantes (aquí Hegel vendría de perillas para ejemplificar una superación integrando su tesis y su antítesis). Ojalá sea así. Sigo creyendo que Ciu (Ciudadanía, abreviado) fue una buena apuesta, pero también una apuesta pueril y patética en un sistema educativo, el español, condenado al fracaso por ser arma arrojadiza de los sucesivos gobernos y un símbolo de la inoperancia de la casta política. ¿Para cuándo un pacto de Estado?

lunes, 18 de marzo de 2013

El atlas de las nubes



Vi El atlas con la certeza dogmática de que vería un filme filosófico, estrafalario y caótico. En cierta manera, no me equivoqué. Sin embargo, las pretensiones de este hijo de los directores de Matrix distan mucho de otras obras pseudointelectuales, metafísicas y abstractas. Estamos ante historias libres, que no se van a enlazar, y acaso lo hicieran, lo harían mediante nexos sentimentales, nunca argumentales. ¿Qué tiene ésto que ofrecernos? Magníficas crónicas de tiempos difíciles, de personajes atemporales, de dramas que se repiten en la historia, aquéllo es lo que hallaremos en esta cinta de tres horas. Es amilbarado su final, su moraleja, su no-moraleja, su ser lo que no parece que es. Al contrario de lo que se cree, tiene sentido toda la historia, si las juzgamos bien, esto es, por partes, y no en una totalidad. Si hacemos esto último veremos un paño tejido con variopintos colores. Pero será porque analizamos su contendido de cerca. De lejos vemos como todo encaja. Como una orquesta. Pero dejemos la cursilería. Desmenuzemos al clásico.

En primer lugar, El atlas de las nubes es una historia coral desarrollada en varios tiempos, desde el siglo XIX, el principio del siglo XX, a los años setenta, a la actualidad, al futuro próximo y al futuro apocalíptico de más allá del tiempo. La temática aparentemente no es común en todas ellas: la primera de las historias se desarrolla en un barco en el marco de la abolición de la esclavitud; la segunda en la vida de románticos de la época de entreguerras; la tercera en las pesquisas de una periodista impertinente; la tercera en una Inglaterra moderna donde no caben ancianos clásicos; la cuarta en un Seúl distópico con personas-probeta que actúan de esclavos en el mundo, y todo para acabar en un mundo destrozado donde el hombre ha vuelto a sus orígenes de antes de Grecia y Roma.

Como he dicho, el nexo que une las historias es apenas importante: suele ser una canción, un diario, una acción, un sueño... Más que grandes anclajes argumentales o puentes de la trama, yo los consideraría anécdotas para cerrar el círculo y dotar de sentido el esquema completo. Son gracias o curiosidades para volver a ver la película (aunque pueden percibirse todas si se presta atención). Más que estos detalles, lo que vertebra la película es el conjunto de sentimientos de los personajes y sus carácteres. Ya sea por motivos de edición artificiosos o no, los personaje toman decisiones equivocadas, certeras, amorosas, odiosas, morales o inmorales, correctas o incorrectas paralelamente a otros personajes, pero distantes en el tiempo. Esto parece dar la sensación de que el 'amor' y el 'odio' ocupan el mismo tiempo, o ocurren una determinada frecuencia, en una suerte de historicismo hippie redundante intercambiador de energías vitales positivas y negativas. No iré por ahí.


¿Qué decir de ese burgués embarcado junto a un esclavo negro, y de su amistad imposible para la época? ¿Y de la del músico bisexual de vida impertinente, caótico y ordenado solo para sí mismo, tan atormentado como un Frankestein social, y magnífico cocreador de El atlas de las nubes? ¿Qué fue de aquella escena de Tom Hanks y de Helly Berrie en una central nuclear declarándose amor aún a no haberse conocido nunca, sino simplemente reconociendo una variopinta reminiscencia cuanto menos espectucular? ¿Qué tal la muchacha revolucionaria de nombre matemático? Sí, esa que es clónica, pero que no es un androide. Su vida en un mundo tan frío y mecanizado como tememos muchos que será el mañana es la viva imagen de la no claudicación de los personajes, reflejo del hombre en general. Creo que su perspectiva me enamoró porque tiene lo que las otras historias gozan: acción, misterio, romance, ciencia-ficción, elevado al cubo, con grandes efectos y un gran entorno. 

La volveré a ver. Una vez más. Y tal vez otra. Su música, claro, lo merece. ¡La música! Olvidé comentarla. Pero no es tarde.
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